Cómo los muñecos artesanales redefinen la tradición de la Rosca de Reyes en Oaxaca

Cuando enero se asoma en México, la casa huele a pan tibio, el chocolate espeso burbujea y la familia se reúne para partir la emblemática Rosca de Reyes. Más allá de su sabor —ese dulzor que parece albergar siglos de memorias—, la rosca encierra un gesto simbólico profundo: pequeñas figuras del Niño Jesús escondidas en su miga representan la fuga y protección del infante sagrado según la tradición cristiana. Quién descubre uno de esos muñequitos, según el rito popular, celebra no solo un hallazgo afortunado sino una obligación de cariño, pues debe invitar tamales el Día de la Candelaria el 2 de febrero. 

En el estado de Oaxaca, donde la tierra roja y gris ha alimentado por generaciones la creatividad de sus artesanos, esta práctica ancestral ha hallado una nueva forma de expresarse: muñecos de barro oaxaqueños integrados en la Rosca de Reyes. Lo que antes eran figurillas de plástico hoy toma el pulso de la cerámica local, con manos que moldean figuritas únicas, llenas de textura y alma, hechas con barros de distintas regiones del estado. 

La alfarería en Oaxaca no es un oficio cualquiera, es un diálogo profundo entre la tierra, el fuego y la historia. En pueblos como Santa María Atzompa o San Bartolo Coyotepec, las técnicas de cerámica tienen raíces que se remontan a épocas zapotecas y mixtecas. Las familias dedicadas al barro han pasado por generaciones conocimientos que van del uso de tintes naturales hasta el bruñido perfecto que hace brillar el barro negro. Esta maestría artesanal, que ha colocado a Oaxaca en el mapa mundial del arte popular mexicano, encuentra ahora un lugar insólito dentro de la Rosca de Reyes. 

Una de las voces más interesantes de esta nueva corriente proviene de artesanas locales que, en colaboración con panaderías tradicionales, han experimentado con materiales, texturas y tonalidades de barro para crear muñecos que reemplazan las figuras plásticas habituales. Cada pieza, pequeña y delicada, es un objeto de arte que lleva consigo la calidez de la tierra y la historia de quienes la modelan. 

Este movimiento no surge en el vacío. En años recientes, diversas iniciativas en otras regiones del país han buscado reemplazar los muñecos de plástico —hechos de materiales que tardan siglos en degradarse— por figuras de cerámica o barro con causa ambiental y social: para apoyar a panaderos locales, incentivar el comercio de artesanía y disminuir el impacto ecológico de los desechos plásticos. 

Pero en Oaxaca, la idea va más allá de una cuestión ecológica o comercial: es la reafirmación de una identidad cultural que celebra la vida, la historia y el arte popular. En cada figura de barro se reconoce esa tradición viva que mezcla el rito religioso y la expresión comunitaria. Ya no se trata solo de encontrar el muñequito en la rosca, sino de valorar el gesto creativo de una artesana que ha vertido en su obra técnicas aprendidas de sus abuelas, de los pigmentos que surgen de la misma tierra y de una visión estética que hace del objeto cotidiano algo digno de conservar y recordar.

Así, en medio de risas familiares y tazas humeantes de atole o chocolate, esos pequeños muñecos de barro oaxaqueños llevan en su silencio el testimonio de manos que trabajan con paciencia y respeto, transformando una costumbre secular en puente entre generaciones. Porque celebrar la Rosca de Reyes ya no es sólo compartir pan: es reconocer que nuestras raíces pueden moldearse, también, como obras de arte.