En el noroeste de Chiapas, en una región marcada por montañas y selvas, se alza el volcán Chichón, un gigante cuya última erupción de gran magnitud dejó una huella imborrable en la memoria de México. Desde entonces, la actividad de este volcán —conocido por su explosividad y su cráter formado tras la erupción de 1982— ha sido objeto de estudio científico constante, y en las últimas semanas ha vuelto a atraer la atención de expertos por nuevas señales bajo su superficie.
Este coloso presenta un cráter de aproximadamente un kilómetro de diámetro y 200 metros de profundidad, dentro del cual se formó, tras el evento eruptivo de hace más de cuatro décadas, un lago hidrotermal de color turquesa. Este cuerpo de agua no es un simple estanque: sus características físico-químicas —como aguas sulfurosas a temperaturas cercanas a los 100 °C— lo convierten en un indicador vivo de la actividad volcánica interna.
Señales que llaman la atención de la ciencia
Más allá de su belleza visual, estas aguas han mostrado variaciones en su composición, pasando de estar dominadas por algas a manifestar niveles más altos de sulfatos y sílice, lo que para los vulcanólogos es más que un simple cambio estacional: es una señal de que el sistema hidrotermal del volcán podría estar reconfigurándose. La presencia de estructuras como esferas huecas de azufre nativo que emergen en la superficie refuerza esta impresión, dado que son producto de procesos dinámicos en el fondo del lago.
Ante este panorama, la Universidad Nacional Autónoma de México ha subrayado la importancia de reforzar el monitoreo geoquímico y geofísico del Chichón, no solo para documentar estos cambios, sino para interpretarlos con datos confiables que permitan anticipar posibles escenarios. La recomendación de científicos incluye la colaboración multidisciplinaria entre expertos en vulcanología, gestión de riesgos y comunicación, así como brigadas comunitarias capaces de traducir la complejidad científica en información útil para la población.
Dentro del cráter: riesgos y turismo
Aunque el volcán se encuentra dentro de una zona con acceso restringido, la presencia de turistas cerca de los bordes del cráter y en los alrededores geográficos —cerca de municipios como Pichucalco o San Cristóbal de las Casas— hace que estas señales de actividad no sean simplemente un dato académico. La emisión constante de gases, por ejemplo, puede tener efectos nocivos para la salud cuando se concentra en áreas donde transitan visitantes o habitantes locales, una razón más para que el monitoreo no se limite a simples observaciones esporádicas.
La memoria de una erupción que marcó al país
Recordar la erupción de 1982 —que llegó a generar columnas eruptivas de decenas de kilómetros de altura y efectos devastadores para la región— nos obliga a plantear las preguntas correctas sobre el volcán Chichón: ¿Qué tanto han cambiado las condiciones internas desde entonces?, ¿qué pueden decirnos los cambios recientes en el lago volcánico?, y ¿cómo se puede traducir esta información en acciones concretas de protección civil? Aunque no hay señales claras de un evento inminente, la ética científica y la prudencia histórica empujan a mantener una observación estrecha y continua.

