A menos de dos horas en carretera desde la Ciudad de México, sobre las planicies que miran al Popocatépetl e Iztaccíhuatl, se erige un testigo silencioso de la historia virreinal: el Ex Convento de San Miguel Arcángel, en el Pueblo Mágico de Huejotzingo. Más que un edificio religioso, este ex convento franciscano —uno de los primeros del siglo XVI en la Nueva España— narra la compleja fusión de culturas, creencias y formas artísticas que dieron forma a la identidad mexicana.
Desde su construcción, iniciada en 1525 y concluida en 1570, el ex convento sorprendió por su apariencia casi de fortaleza, con gruesos muros y una planta amplia y austera que conjuga el espíritu meditativo con la resistencia arquitectónica de su época. Su estilo plateresco —una variante del renacimiento español con ornamentación delicada— y toques mudéjares se traducen en arcos con curvaturas especiales, columnas clásicas y detalles simbólicos que merecen una pausa contemplativa.

El atrio de más de 14,000 metros cuadrados domina el conjunto, coronado por una cruz de piedra y rodeado por las llamadas capillas posas, pequeños espacios abiertos donde antiguamente se detenían las procesiones para escuchar lecturas y cánticos. Estas estructuras no solo son únicas en México, sino que reflejan una intención didáctica y comunitaria: acercar la fe a quienes no se integraban fácilmente al interior de la iglesia.
Al cruzar el umbral de la iglesia, la silenciosa amplitud de su nave única envuelve al visitante. El retablo mayor —uno de los pocos del siglo XVI que se conservan íntegros en el país— y las placas decorativas recuerdan la riqueza artística que este recinto albergó. La acústica, pensada para potenciar la voz coral y los cantos gregorianos, sigue siendo impresionante hoy, mucho después de su uso litúrgico original.

Desde 1985, el convento alberga el Museo de la Evangelización, un espacio que invita a trazar el trayecto de la fe católica en el centro del país. Entre pilas bautismales, textiles, retablos y pinturas al fresco, destacan piezas que ilustran el encuentro de dos mundos, desde las representaciones de los primeros franciscanos en Nueva España hasta objetos cotidianos que servían en las ceremonias religiosas.
Pero el encanto de Huejotzingo no termina en el ex convento. A su alrededor, la vida del pueblo late entre calles empedradas, plazas coloniales y sabores locales. La tradición sidrera, un legado que comenzó con los primeros cultivos de manzana traídos por los franciscanos, hoy convive con celebraciones como el Carnaval histórico de Huejotzingo, mercados de artesanías y la hospitalidad característica de sus habitantes.

Visitar el Ex Convento de San Miguel Arcángel es adentrarse en un capítulo vivo de la historia de México: una mezcla de arte, fe y memoria que sigue resonando entre muros centenarios y plazas iluminadas por el sol de Puebla.

