En el ejido de Sierra Papacal, en Yucatán, la tierra ha cedido un fragmento del pasado que nos remite a milenios atrás. Durante un programa de salvamento arqueológico que acompaña la construcción del libramiento ferroviario entre Mérida y Progreso —parte de un ambicioso proyecto de infraestructura nacional— se desenterró una escultura de piedra que representa el rostro de un hombre anciano. Esta pieza, tallada en piedra caliza y conservada con sorprendente nitidez, emerge como testigo silencioso de un mundo que floreció en el periodo Preclásico de la civilización maya, hace más de dos mil años.
La efigie, de aproximadamente 45 centímetros de altura, no es un fragmento aislado, sino un marcador antropomorfo colocado deliberadamente junto a un acceso ceremonial. Su rostro, con profundas órbitas oculares, nariz plana y labios definidos, evoca la presencia venerable de un anciano cuya mirada ha desafiado el paso de los siglos. Esta representación de un “señor anciano” no solo nos habla de la destreza artística de quienes la crearon, sino también del simbolismo que las esculturas tenían dentro del tejido social y ritual maya.
Según los arqueólogos encargados de la excavación, la escultura se ubicó estratégicamente en el umbral de un recinto construido con planta ovoide, cuyo acceso orientado hacia el poniente pudo haber tenido un significado ceremonial ligado al movimiento del sol. La presencia de un banco interior y la disposición del espacio sugieren que no se trataba de una vivienda común, sino de un lugar de reunión ritual o culto comunitario.

Este hallazgo se suma a un conjunto de estructuras y restos que delinean un contexto arqueológico más amplio a menos de dos kilómetros de sitios ya conocidos como Papacal 1 y San Francisco 1. El complejo aún en estudio exhibe aproximadamente 15 estructuras en torno al lugar donde fue encontrada la escultura, lo que confirma la importancia de esta zona dentro de la geografía maya prehispánica.
Más allá de su valor artístico, la figura del anciano nos invita a reflexionar sobre el papel de la memoria, la vejez y el respeto a los mayores en las sociedades antiguas. En muchas culturas mesoamericanas, la vejez no era vista como decadencia, sino como acumulación de sabiduría y custodio de tradiciones. El hecho de que esta figura marcara un umbral ritual refuerza esa idea: entrar a ese espacio era ingresar con reverencia a un ámbito de conocimiento, creencias y prácticas colectivas.
Mientras expertos continúan su labor de documentación, conservación y análisis, este descubrimiento no solo alimenta la curiosidad científica, sino también nuestra propia conexión con un pasado que, aunque distante, aún palpita bajo la tierra y las piedras de Yucatán.

