Un influencer descubre más que una tumba en Oaxaca: saqueo y patrimonio

Una mañana cualquiera en San Pedro Jaltepetongo, una comunidad de Oaxaca, nadie imaginaba que un simple agujero en la tierra acabaría dominando titulares y debates digitales. Todo empezó con un video publicado en redes sociales por el creador de contenido conocido como Señor Blue. Lo que se mostraba en pantalla era una especie de cámara funeraria; objetos antiguos, vasijas decoradas, esculturas y lo que parecía un colgante de oro entre la tierra removida. Lo que parecía un descubrimiento arqueológico fortuito, pronto se convertiría en un espejo que refleja tensiones profundas entre comunidades, instituciones y la narrativa del pasado mexicano.

En cuestión de horas, el video se hizo viral. Lo que estaba destinado a entretener y asombrar abrió una caja de controversias: ¿qué pasa cuando un hallazgo cultural sale de la tierra, pero también sale de los procesos científicos y de custodia que protegen nuestro legado? El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) reaccionó de inmediato, señalando que la extracción, manipulación y difusión de objetos arqueológicos sin permiso es un delito federal. Además hizo un llamado firme a no divulgar material de sitios arqueológicos que no están abiertos al público o que se encuentran en investigación.

Después de la viralidad: dos historias oaxaqueñas

Lo ocurrido en Jaltepetongo coincidió con otro descubrimiento arqueológico diferente, aunque igualmente potente en significado: la Tumba 10 de Huitzo, en los Valles Centrales de Oaxaca. Esta tumba zapoteca de más de 1,400 años de antigüedad fue reconocida oficialmente como uno de los hallazgos más relevantes de la década, no solo por lo bien conservada que se encuentra, sino por lo que puede aportar sobre la organización social, rituales funerarios y cosmovisión de civilizaciones milenarias que habitaron esta región.

La existencia de esta tumba monumental —con un relieve de un búho que simboliza el más allá según la cosmovisión zapoteca— contrasta con la escena que vimos en el video viral: mientras un sitio acondicionado para investigación arqueológica puede abrir puertas al conocimiento histórico, otro se convierte en objeto de exposición amateur antes de que especialistas puedan evaluarlo.

El problema real no es el hallazgo, es lo que representa

Más allá de la polémica de un video, lo que está en juego es mucho más profundo: la fragilidad del patrimonio arqueológico frente a la creciente popularidad de contenidos en redes. El mismo influencer llegó a afirmar que existen grupos donde se ofrecen artefactos antiguos para la venta, alimentando el temor de que el tráfico ilícito de bienes culturales esté más vivo que nunca.

Expertos en arqueología han advertido que cada tumba saqueada es una historia que ya no se puede reconstruir. El contexto en el que se encuentran los objetos —su posición, su relación con otros artefactos e incluso la tierra misma— es lo que da sentido histórico a su valor. Cuando eso se pierde, lo que queda son piezas sin relato.

Entre comunidades y autoridades: ¿quién custodia la historia?

La desconfianza hacia las instituciones culturales no es nueva. En muchas comunidades rurales, las autoridades han sido vistas con recelo, y la idea de un museo comunitario donde el patrimonio permanezca cerca de su lugar de origen suena más atractiva que trasladarlo a grandes ciudades. Esto pone en el centro de la discusión un equilibrio delicado: proteger la riqueza cultural sin negarle a las comunidades el acceso y el sentido de pertenencia a su propia historia.

Sin embargo, existe un consenso claro entre profesionales: el patrimonio arqueológico no debe convertirse en mercancía ni en contenido efímero para redes sociales. Protegerlo requiere paciencia, ciencia, responsabilidad y respeto por los protocolos que permiten entenderlo y conservarlo para futuras generaciones. El debate que ahora arde en redes puede ser una oportunidad para reflexionar sobre cómo narramos, compartimos y defendemos nuestras raíces.