El retrato de Sor Juana que vuelve a respirar: ciencia, arte y memoria en una sola imagen.
En el corazón del Castillo de Chapultepec, una figura permanece inmóvil desde hace siglos y, sin embargo, hoy vuelve a ser interrogada. Se trata del célebre retrato de Sor Juana Inés de la Cruz pintado por Miguel Cabrera en 1750, una obra que no solo es pieza fundamental del arte novohispano, sino uno de los rostros más reconocibles de la historia cultural mexicana. Ahora, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia y de la Universidad Nacional Autónoma de México han iniciado un ambicioso estudio científico para descifrar sus secretos materiales y simbólicos.
El proyecto —titulado Una imagen de aliento y cenizas— tiene un objetivo doble: comprender la técnica pictórica y profundizar en el significado histórico del lienzo. Durante las primeras semanas de febrero, visitantes del museo pudieron observar directamente el trabajo de los expertos, quienes emplearon tecnologías de imagenología y espectroscopía para examinar la obra sin tocarla ni dañarla.
Un icono construido a pinceladas
El retrato fue realizado décadas después de la muerte de Sor Juana, probablemente por encargo de la superiora de su orden religiosa, y se inspiró en una versión previa atribuida al pintor español Juan de Miranda. En la composición, la escritora aparece sentada, con la mano derecha sobre un libro y la izquierda sosteniendo un rosario, una postura que transmite —según especialistas— una mezcla de espiritualidad e inteligencia.
No es casual que esa imagen haya definido la iconografía oficial de la autora. Durante su vida, Sor Juana fue una figura admirada por su talento literario y científico, capaz de cultivar poesía, teatro, música y pensamiento filosófico dentro del convento, donde incluso reunió una biblioteca propia y realizó experimentos.
La ciencia entra al museo
Para analizar el lienzo, los investigadores recurrieron a herramientas portátiles capaces de revelar detalles invisibles al ojo humano. Las primeras pruebas incluyeron capturas en espectro visible y ultravioleta, que permitieron estudiar pinceladas, veladuras y alteraciones en la superficie. En la segunda fase, técnicas como fluorescencia de rayos X y reflectancia por fibra óptica ofrecieron información molecular sobre pigmentos, colorantes y aglutinantes.
Estos procedimientos no son meramente técnicos: cada dato abre una puerta a la historia. Saber qué materiales utilizó el pintor, cómo aplicó capas o qué modificaciones realizó ayuda a reconstruir el proceso creativo y el contexto artístico del siglo XVIII.
Los arrepentimientos del pintor
Uno de los hallazgos preliminares más fascinantes es la identificación de pentimenti —correcciones hechas por el propio artista durante la ejecución— visibles gracias al análisis digital de rayos X. Se detectaron cambios en el tamaño del tintero, ajustes en la posición de los dedos, variaciones en la longitud del hábito e incluso modificaciones en los títulos de los libros pintados al fondo.
Estas alteraciones son pequeñas huellas de duda, decisiones tomadas frente al lienzo que revelan a Cabrera no como un ejecutor mecánico, sino como un creador que pensaba mientras pintaba. Son, en cierto modo, la evidencia material de su proceso mental.
Más que pintura: memoria colectiva
El estudio no termina en el laboratorio. Los datos obtenidos serán analizados durante los próximos meses por un seminario interdisciplinario, con la intención de publicar resultados y compararlos con investigaciones de otras obras del mismo artista, incluso algunas conservadas en colecciones internacionales.
El objetivo final es claro: diseñar mejores estrategias de conservación y exhibición para una obra que mide más de dos metros de alto y que funciona como un símbolo visual de identidad cultural.
La mujer detrás del retrato
La vigencia de Sor Juana explica por qué su imagen sigue siendo objeto de estudio. Su pensamiento defendió el derecho de las mujeres al conocimiento y cuestionó la marginación intelectual femenina, una postura extraordinaria para su tiempo.
Su voz literaria —que abarcó poesía amorosa, religiosa y científica— fue celebrada en vida, olvidada después y finalmente reivindicada como una de las cumbres de la lengua española.
Así, cada pincelada del retrato no solo representa a una monja barroca, sino a un símbolo de inteligencia, resistencia y creatividad que atraviesa los siglos.
Cuando el arte se convierte en investigación
Lo que sucede hoy con este lienzo es una escena casi poética: especialistas rodean la pintura con sensores y cámaras, como si escucharan latir su superficie. La ciencia no sustituye al arte; lo ilumina. Y en ese cruce de disciplinas se revela algo esencial: que las obras maestras no se terminan cuando el pintor firma, sino cuando cada generación vuelve a mirarlas con nuevas preguntas.
El retrato de Sor Juana, inmóvil en apariencia, sigue cambiando.

