México rumbo al Mundial 2026 ¿es favorito?

Hay países que viven el fútbol como espectáculo. México lo vive como clima. Se respira. Se anticipa. Se presiente. Desde que se anunció que la Copa Mundial de la FIFA 2026 tendrá sedes repartidas entre tres naciones, algo comenzó a vibrar en el pecho colectivo: una mezcla de nostalgia, ambición y esa fe inexplicable que aparece cada cuatro años, como cometa que nadie logra atrapar pero todos señalan.

El calendario todavía no marca la inauguración y, sin embargo, el torneo ya sucede en las conversaciones del metro, en sobremesas familiares, en la voz del vendedor de periódicos. México no sólo será anfitrión; será escenario emocional. Y eso cambia todo. Jugar en casa (aunque la casa sea compartida) no es lo mismo que tocar la puerta ajena. El pasto sabe distinto cuando reconoce tus pasos.

La Selección Mexicana llega a este ciclo con una dualidad fascinante: por un lado, la memoria de eliminaciones que aún arden; por el otro, una generación joven que juega como si no cargara historia, como si la camiseta no pesara. Ese contraste ha encendido una pregunta que flota entre analistas, aficionados y supersticiosos: ¿puede el país convertirse en Favorito para ganar el Mundial 2026?

No es una interrogante matemática. Es una cuestión de atmósfera.

El fútbol mexicano tiene algo de volcán dormido. De pronto parece tranquilo, incluso resignado, y entonces, sin aviso, erupciona en partidos memorables, goles que se narran como leyendas familiares y noches donde la lógica queda fuera del estadio. Ahí está el antecedente simbólico: el Estadio Azteca, templo donde el tiempo ha presenciado coronaciones míticas y donde la pelota parece adquirir gravedad propia. Los estadios guardan memoria, y algunos susurran.

Claro, el mundo no espera. Potencias tradicionales afinan estrategias con la precisión de relojeros suizos. Plantillas europeas rebosan talento, y selecciones sudamericanas (como la de Lionel Messi en su era dorada) han demostrado que la grandeza no es accidente sino disciplina prolongada. La FIFA amplió el torneo, multiplicó los partidos, y con ello cambió la geometría del destino: ahora hay más caminos posibles… y más trampas.

Pero México posee un arma invisible que no aparece en las estadísticas: el fervor. No se mide en posesión de balón ni en tiros al arco. Se mide en decibeles, en lágrimas, en silencios colectivos cuando el balón vuela hacia el área. Ese fervor transforma

jugadores. A veces los eleva. A veces los aplasta. Depende de cómo se mire el cielo antes del silbatazo inicial.

Quien observe fríamente dirá que aún falta consolidar estilo, jerarquía, constancia. Quien escuche con el corazón insistirá en que algo se está gestando, una corriente subterránea que no siempre se ve en los marcadores pero sí en la actitud. La diferencia entre promesa y hazaña suele ser un instante: un rebote caprichoso, un disparo improbable, un segundo de valentía.

El Mundial de 2026 no será sólo un torneo para México. Será una especie de espejo nacional. El país se mirará jugar y, en ese reflejo, intentará reconocerse: su disciplina, su caos, su talento espontáneo, su eterna tendencia a creer incluso cuando la lógica aconseja prudencia. Quizá por eso la pregunta sobre el favoritismo importa menos que la sensación que recorre al público. Porque antes de que ruede el balón, México ya está jugando.

Y cuando un país entero juega, cualquier resultado parece posible.