Hay momentos en la historia que no cambian el pasado, pero sí transforman la manera en que lo miramos. Eso parece estar ocurriendo ahora, cuando el rey de España, Felipe VI, reconoció públicamente que durante la Conquista de América hubo “mucho abuso” y profundas “controversias éticas”. No se trata de una disculpa formal, pero sí de un gesto que, en el lenguaje diplomático, pesa más de lo que parece.
La declaración ocurrió en Madrid, en el marco de una exposición sobre el México prehispánico. Ahí, frente a representantes mexicanos, el monarca admitió que ciertos episodios del pasado, vistos desde los valores actuales, no pueden generar orgullo, aunque insistió en la importancia de analizarlos dentro de su contexto histórico.
El rey hizo estas declaraciones en Madrid, durante una visita no oficial a la exposición ‘La mujer en el México indígena’, que se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional hasta el próximo 22 de marzo junto con el embajador de México, Quirino Ordaz Coppel, que fueron publicadas en redes sociales por la Casa Real.
Durante el recorrido por la muestra, el monarca consideró no obstante que hay que conocer estos hechos “en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”.
Y así, “sacar lecciones, porque también ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder desde el primer día”, recalcó el monarca.
“Es decir, los propios Reyes Católicos, la Reina Isabel, con sus directrices, las Leyes de Indias, todo el proceso legislativo, hay un afán de protección que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho abuso (…) Y también, como decía antes, valorar el hecho de que de ahí, de ese conocimiento, pues nos apreciaremos más”, indicó el rey.
Para entender la dimensión de estas palabras, hay que mirar atrás. En 2019, el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador solicitó formalmente a España una disculpa por los abusos cometidos durante la Conquista. La respuesta fue negativa, y desde entonces la relación bilateral atravesó momentos de tensión, alimentados por una herida histórica que, a más de 500 años, sigue abierta .
El tema no es menor. La Conquista, iniciada en 1519, no solo significó la caída de civilizaciones como la mexica, sino también un proceso de transformación profunda que implicó violencia, imposición cultural y una drástica disminución de la población indígena. A la par, surgieron mecanismos legales desde la propia corona española para intentar regular el trato hacia los pueblos originarios, aunque su aplicación fue irregular y muchas veces insuficiente .
En este contexto, las palabras de Felipe VI adquieren un peso simbólico: reconocen que la historia no es un relato uniforme de grandeza, sino una trama compleja donde conviven luces y sombras. Y, sobre todo, abren la posibilidad de una conversación distinta.
Desde México, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó el gesto como un “acercamiento”, aunque también señaló que aún resulta insuficiente frente a las expectativas históricas del país . Esa dualidad —reconocer el paso sin considerarlo definitivo— refleja la naturaleza de este momento: no es un cierre, sino un inicio.
Porque lo verdaderamente relevante no está solo en lo dicho, sino en lo que habilita. Durante años, el debate sobre la Conquista ha estado atrapado entre posiciones irreconciliables: orgullo versus condena, pasado glorioso versus herida abierta. Este nuevo tono propone otra vía: la del reconocimiento sin negación, la del análisis sin simplificación.
En tiempos donde el presente suele devorar al pasado con juicios inmediatos, la invitación a mirar la historia con matices resulta, en sí misma, un acto de madurez. No se trata de absolver ni de condenar, sino de comprender.
México y España comparten mucho más que un episodio fundacional. Lengua, cultura, intercambios y afectos han tejido una relación viva, compleja y profundamente entrelazada. Quizá por eso, cuando el pasado se nombra con honestidad, el futuro se vuelve un poco más habitable.
Y en ese gesto —breve, medido, pero significativo— se abre una posibilidad: la de construir una memoria compartida que no niegue el dolor, pero que tampoco renuncie al encuentro.

