El parque solar más grande de Latinoamérica estará en México: entre la promesa energética y el costo ambiental.
En el noroeste del país, donde el sol cae con una intensidad casi mítica sobre el desierto de Sonora, se levanta uno de los proyectos energéticos más ambiciosos de América Latina. Se trata de una central fotovoltaica que, una vez concluida, alcanzará una capacidad cercana a los 1,000 megawatts, acompañada de un sistema de almacenamiento energético que la posicionará no solo como la más grande de la región, sino como una de las más relevantes a nivel global.
Este megaproyecto forma parte de una estrategia más amplia para acelerar la transición energética en México, en un momento en el que el país busca reducir su dependencia de combustibles fósiles y responder a los desafíos del cambio climático. En términos técnicos, un parque solar de esta escala puede abastecer a cientos de miles de hogares y evitar la emisión de grandes cantidades de dióxido de carbono cada año, convirtiéndose en un símbolo de modernidad energética.
Sin embargo, como suele suceder con las grandes transformaciones, la historia no es unívoca. La misma infraestructura que promete un futuro más limpio también plantea interrogantes urgentes sobre su impacto en el entorno natural.

Energía limpia, territorio intervenido
Los parques solares, por definición, requieren extensiones vastas de terreno. En este caso, hablamos de miles de hectáreas en una de las regiones más áridas —y a la vez más frágiles— del país. Aunque el desierto podría parecer un espacio vacío, en realidad alberga ecosistemas complejos, especies adaptadas a condiciones extremas y equilibrios delicados que pueden alterarse con relativa facilidad.
La instalación masiva de paneles, caminos de acceso, infraestructura eléctrica y sistemas de almacenamiento implica una transformación profunda del paisaje. Este tipo de proyectos puede afectar la biodiversidad local, fragmentar hábitats y modificar dinámicas naturales como la movilidad de la fauna o la absorción del calor en el suelo.
A esto se suma un elemento menos visible pero igualmente relevante: la huella material. La fabricación, transporte e instalación de millones de paneles solares conlleva un costo ambiental previo, así como el desafío futuro de su reciclaje cuando alcancen el final de su vida útil.
Central altera el paisaje de reservas de la biosfera y territorio ancestral indígena
Pese a que el gobierno lo promueve como un pilar de la transición hacia la generación de energía limpia en México, este megaproyecto ha sido objeto de fuertes críticas. De acuerdo con Mongabay, expertos advierten que la infraestructura alterará el paisaje y la biodiversidad.
Federico Godínez Leal, director de la Reserva de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar del 2004 al 2017, advierte que las enormes torres de la central alterarán el paisaje desértico. La propia CFE admitió, además, que el proyecto fragmentará el hábitat y modificará la distribución de especies que ya se consideran amenazadas.
Eso no es todo, ya que la central fotovoltaica también pone en riesgo un sitio sagrado para los Tohono O’odham, un pueblo indígena que desde hace siglos ha peregrinado por el desierto de Sonora para llegar al mar y obtener sal. Este es un elemento esencial para su cultura, pues ayuda a conservar la carne y es parte central de sus rituales. El proyecto atravesará el desierto y alterará la ruta sagrada de esta comunidad.

El dilema contemporáneo: ¿progreso o conservación?
México no es el único país enfrentando esta paradoja. A nivel global, la expansión de energías renovables ha obligado a replantear la relación entre desarrollo tecnológico y conservación ambiental. En ese sentido, el proyecto en Sonora se convierte en un espejo de una discusión más amplia: ¿es posible impulsar infraestructura verde sin replicar los impactos de los modelos industriales tradicionales?
La respuesta no es sencilla. Por un lado, la urgencia climática exige acelerar la adopción de energías limpias. Por otro, cada territorio intervenido plantea preguntas éticas, ecológicas y sociales que no pueden ignorarse.
Un futuro que exige matices
Más que una contradicción, este megaproyecto revela la complejidad del momento energético que atraviesa México. La transición hacia fuentes renovables no es una línea recta, sino un proceso lleno de tensiones, decisiones difíciles y aprendizajes en tiempo real.
El parque solar de Sonora encarna, en ese sentido, una promesa y una advertencia. Promesa de un país que apuesta por el sol como motor energético; advertencia de que incluso las soluciones más limpias pueden dejar huellas si no se diseñan con sensibilidad ambiental.
Quizá el verdadero desafío no sea elegir entre desarrollo y naturaleza, sino aprender —por fin— a conciliarlos.

