En la década de los ochenta, un gesto extravagante sembró una paradoja ecológica que hoy parece sacada de una novela latinoamericana: cuatro hipopótamos traídos ilegalmente a Colombia terminaron por multiplicarse hasta convertirse en una población desbordada, ajena a su territorio y sin depredadores naturales. Lo que comenzó como parte de un zoológico privado se transformó, con el paso del tiempo, en uno de los dilemas ambientales más complejos del continente.
Tras décadas de crecimiento silencioso, estos animales —ya lejos de cualquier control— se dispersaron por la cuenca del río Magdalena. Hoy suman cerca de dos centenares y su presencia altera ecosistemas enteros, desde la calidad del agua hasta la supervivencia de especies nativas.
Frente a este escenario, el gobierno colombiano ha tomado una decisión drástica: implementar un programa de control poblacional que incluye la eutanasia de aproximadamente 80 ejemplares a partir de 2026. La medida responde a la urgencia ambiental, pero ha abierto una grieta ética que divide a científicos, autoridades y defensores de los animales.
Una alternativa desde México
En medio de esta tensión, surge una propuesta que parece abrir una tercera vía. Desde Sinaloa, el Santuario Ostok —a través de la Asociación de Zoológicos, Criaderos y Acuarios de México (AZCARM)— ha insistido en rescatar al menos 10 de estos hipopótamos antes de que sean sacrificados.
La iniciativa, encabezada por Ernesto Zazueta, plantea trasladar a los animales a territorio mexicano, donde podrían vivir bajo resguardo en condiciones controladas. No se trata solo de un gesto de compasión, sino de una apuesta logística y diplomática: reubicar a una especie de gran tamaño, con requerimientos específicos, implica costos elevados, permisos internacionales y coordinación sanitaria rigurosa.
Aun así, el ofrecimiento mexicano representa una alternativa concreta frente a una solución irreversible.

Entre la ciencia y la compasión
El problema de fondo no es menor. Los hipopótamos han sido declarados especie invasora en Colombia, y su expansión amenaza tanto a la biodiversidad como a las comunidades humanas. Su comportamiento territorial, su capacidad reproductiva y su impacto en los cuerpos de agua los convierten en un agente de transformación ecológica difícil de contener.
Pero la discusión rebasa lo ambiental. ¿Puede una especie pagar el precio de un error humano? ¿Es la eutanasia la única respuesta viable cuando fallan las alternativas?
Mientras algunos especialistas defienden el sacrificio como una medida necesaria, otros insisten en explorar soluciones como la esterilización, el traslado o la creación de santuarios internacionales. México, en este contexto, parece apostar por una narrativa distinta: la del rescate como acto de responsabilidad compartida.
El destino de una herencia incómoda
Los llamados “hipopótamos de Escobar” son, en el fondo, un recordatorio de cómo las decisiones humanas pueden trascender generaciones y geografías. No pertenecen del todo a Colombia, pero tampoco pueden volver a su origen. Habitan un limbo biológico y simbólico.
La insistencia de México por rescatar a algunos de estos ejemplares no resolverá el problema de raíz, pero sí introduce una posibilidad: que, incluso en medio de una crisis ecológica, aún haya espacio para imaginar soluciones menos definitivas.
Tal vez, en esa grieta entre la urgencia y la empatía, se encuentre una forma distinta de relacionarnos con las consecuencias de nuestra propia historia.

