Un millón de flores para el Mundial: la apuesta de los floricultores de Xochimilco para el verano

Hay una imagen que los visitantes del Mundial 2026 no olvidarán fácilmente: caminar por el Paseo de la Reforma y encontrarlo encendido de naranja. No por pantallas ni carteles, sino por flores. Cempasúchil, lavanda, geranio, malvón y miguelito brotando desde los camellones como una declaración de identidad que ningún estadio puede replicar. Detrás de ese paisaje hay meses de madrugadas en invernadero, cosechas amenazadas por granizo, y una familia de Xochimilco que decidió que el Mundial también podía ser suyo.

San Luis Tlaxialtemalco, uno de los pueblos más antiguos y menos conocidos de la alcaldía de Xochimilco, es desde hace décadas la capital silenciosa de la floricultura capitalina. Sus habitantes, los petlaxiles, como se autodenominan con orgullo, han cultivado flores de ornato durante generaciones en las mismas tierras lacustres donde sus abuelos sembraban en chinampas. El tulipán holandés en febrero, el cempasúchil en Día de Muertos, la nochebuena en diciembre: el ciclo del año se mide aquí en floraciones, no en meses.

Lo que ha cambiado en 2026 es que ese ciclo fue interrumpido, de manera deliberada y visionaria, para que el cempasúchil florezca en junio, justo cuando la ciudad recibe a millones de aficionados de todo el planeta. La interrupción la provocó un joven de treinta años llamado Alejandro Ovando, quien desde octubre de 2025 comenzó a tocar puertas, insistir y volver a insistir hasta que su propuesta fue tomada en cuenta por el gobierno de la Ciudad de México.

La historia de Alejandro Ovando es la historia de muchas familias de San Luis: los abuelos sembraban en chinampa, los padres montaron invernaderos y los hijos heredaron tanto el oficio como la incertidumbre que lo acompaña. Estudió Administración pero no terminó la carrera. Terminó eligiendo lo que le apasiona, que es lo mismo que le da de comer a su familia desde antes de que él naciera.

En sus invernaderos conviven el ranúnculo, la violeta imperial, la hortensia y el girasol miniatura. Cada temporada del año dicta qué flor ocupa el centro del escenario. Pero este año, el cempasúchil adelantó su turno. Desde marzo comenzaron el proceso de “ensemillar”, y a inicios de mayo las plantas todavía lucían verdes mientras Alejandro las regaba dos veces al día, acompañado de su perro Benito, un homenaje canino a Bad Bunny.

El nombre del programa que finalmente respaldó la iniciativa es elocuente: “Un Millón de Flores”. Bajo ese esquema, la Secretaría del Medio Ambiente de la CDMX (Sedema) se comprometió a transformar las principales avenidas de la capital en corredores de biodiversidad, con topiarios elaborados con flores de la zona lacustre de Xochimilco. El proyecto beneficia directamente a 500 floricultores de la región y busca, según la propia dependencia, garantizar que la derrama económica del Mundial llegue también al desarrollo agrícola y a la preservación del suelo de conservación.

Celestino Ovando, padre de Alejandro y floricultor de 54 años oriundo de Michoacán, resume con claridad brutal lo que significa este proyecto para su comunidad: la mayoría de la gente del pueblo no va a poder entrar a un estadio. Los boletos cuestan lo que cuestan, y los Ovando, como miles de familias mexicanas, no están en esa ecuación. Pero Alejandro encontró la forma de que San Luis Tlaxialtemalco estuviera presente de todas formas. Sus flores estarán ahí, en los camellones que recorrerán los turistas, en las fotos que circulen por el mundo, en el perfume discreto que acompañe los partidos de junio.

El proyecto no estuvo exento de adversidades. La floricultura en la zona lacustre de Xochimilco es una práctica que desafía climas impredecibles: inundaciones, granizos, olas de calor, lluvias fuera de temporada que pueden arruinar meses de trabajo en cuestión de horas. Los floricultores que participan en el programa del cempasúchil mundialista han tenido que coordinar sus cosechas y sus tiempos de crecimiento con una precisión que no admite improvisación. “Toda esta semana se trató de separar las plantas”, explica Alejandro, refiriéndose a la labor de abrir espacio entre matas para facilitar el crecimiento.

La gente del pueblo se la pasa corriendo, coinciden padre e hijo. Las primeras cosechas deben estar listas antes de la inauguración del Mundial, lo que significa que el margen de error es mínimo y la presión, constante. A eso hay que sumarle que la iniciativa, en sus primeras etapas, salió del bolsillo de la propia familia Ovando, sin garantías ni fondos adelantados.

Hay algo que Alejandro Ovando dice con una mezcla de orgullo y tristeza que resulta difícil de sacudir: “cada vez somos menos los productores jóvenes”. La floricultura, como muchas prácticas agrícolas tradicionales en la periferia urbana de la Ciudad de México, enfrenta la amenaza silenciosa del desinterés generacional. Los jóvenes migran hacia otras opciones, los invernaderos envejecen y el conocimiento acumulado durante décadas corre el riesgo de diluirse sin relevo.

El Mundial 2026 representa, en ese sentido, mucho más que una oportunidad económica. Es una ventana de visibilidad que los floricultores de San Luis no habían tenido antes. Que el Paseo de la Reforma, ese corredor que el mundo entero fotografiará en junio, luzca flores cultivadas con manos petlaxiles es un acto de afirmación cultural tan poderoso como cualquier instalación artística o campaña institucional.

“No solamente es vender plantas”, dice Alejandro mientras recorre los pasillos de su invernadero. “Es materializarlo para hacerlo más grande, que más gente conozca el pueblo. Que se sepa que esta planta fue sembrada por manos petlaxiles.” En ese deseo hay algo que trasciende el negocio y el deporte: la convicción de que la identidad de un pueblo puede florecer, literalmente, en el centro de una ciudad que muchas veces olvida que tiene raíces.

Cuando el pitazo inicial suene en el Estadio Azteca y las cámaras recorran la Ciudad de México, habrá flores de cempasúchil en los camellones que ningún turista sabrá nombrar pero que todos recordarán. San Luis Tlaxialtemalco estará en el Mundial. Y lo estará a su manera: con las manos en la tierra y los colores al cielo.