Por qué el orgullo nacional revivió con tanto fervor con los juegos de la Selección Mexicana

Cada vez que la Selección Mexicana salta a la cancha en un Mundial, ocurre algo que rebasa por completo lo deportivo. No se trata sólo de un partido ni de una racha favorable: se trata de un país entero entrando, aunque sea por noventa minutos, en una misma conversación emocional. Las calles cambian de ritmo, los horarios se acomodan alrededor del silbatazo inicial, los restaurantes sacan pantallas, las oficinas se vacían antes de tiempo y, de pronto, la camiseta verde vuelve a convertirse en una forma de pertenencia compartida. Este 2026, además, ese fenómeno se ha sentido con una intensidad particular: México no sólo está viendo el Mundial, también lo está viviendo desde casa, desde sus plazas, desde sus avenidas y desde esa necesidad antigua de reconocerse en algo común.

El fervor que ha despertado la Selección en estas semanas no nació de la nada. Llega después de años de crisis, desencanto con el gobierno, marchas diarias, precios de vivienda cada vez más altos , de resultados irregulares y de una relación cada vez más desconfiada entre la afición y su equipo nacional. Pero también llega en un momento en el que el país parece necesitar con urgencia un relato que convoque, una emoción que no esté atravesada por la crispación cotidiana, una escena pública donde todavía sea posible celebrar juntos. Por eso, lo que estamos viendo con los partidos de México no es sólo entusiasmo futbolero: es la reaparición de un orgullo nacional que llevaba tiempo disperso y que encontró en el Mundial una forma inmediata de reencenderse.

La imagen se repite en distintas ciudades del país: familias enteras frente al televisor, jóvenes reunidos en fan fests, vendedores ambulantes ofreciendo banderas y camisetas, automóviles tocando el claxon después de un triunfo, y una multitud que vuelve a corear el nombre de México con una convicción que no siempre aparece en otros espacios públicos. Ahí está una de las claves del fenómeno: la Selección ofrece una escena donde la identidad mexicana se vuelve visible, sonora y festiva. En un país tan vasto y tan atravesado por diferencias sociales, políticas y regionales, el futbol sigue teniendo la capacidad de construir una emoción simultánea.

FESTEJO EN EL ANGEL DE LA INDEPENDENCIA FOTOS BERENICE FREGOSO EL UNIVERSAL

La Selección como espejo de una identidad que busca reunirse

El nacionalismo cotidiano rara vez se manifiesta con tanta claridad como durante un Mundial. En otros momentos, la identidad mexicana suele expresarse desde la cultura, la gastronomía, la música, las fiestas populares o la memoria histórica; pero cuando juega la Selección, ese sentimiento se condensa en un ritual más inmediato y visceral. La camiseta, el himno, el escudo, los colores, los gritos en la sala o en la calle: todo funciona como un lenguaje común que no necesita demasiadas explicaciones.

Lo interesante es que este fervor no depende únicamente de ganar. Por supuesto, una buena actuación aviva la llama, pero lo que de verdad activa el orgullo nacional es la posibilidad de sentirse representado. La Selección encarna una versión simbólica del país: una que sale al mundo a competir, a defenderse, a resistir la presión y a demostrar que puede estar a la altura del escenario. En ese gesto hay algo profundamente emocional. No se apoya sólo a once jugadores: se apoya la idea de que México todavía puede ilusionarse colectivamente.

También hay un componente generacional importante. Muchos mexicanos crecieron con la experiencia de ver Mundiales como una ceremonia familiar, una pausa en la rutina, un recuerdo compartido entre padres, hijos, amigos, vecinos o compañeros de trabajo. Ese archivo emocional no desaparece; simplemente se reactiva cada vez que vuelve el torneo. El orgullo que hoy se ve en las calles tiene mucho de presente, sí, pero también de memoria: de tardes frente a la televisión, de goles que se recuerdan por décadas, de derrotas dolorosas y de la obstinación casi entrañable de volver a creer.

El Mundial convierte la emoción en espacio público

Una de las razones por las que este fervor se ha sentido tan fuerte es que el Mundial ha sacado la emoción de las casas para instalarla en la ciudad. Las pantallas gigantes, las zonas de reunión, las plazas llenas y las avenidas tomadas por aficionados convierten al futbol en un hecho urbano. Ya no es sólo una experiencia privada, sino una celebración visible, colectiva y contagiosa. La emoción se vuelve paisaje.

Eso importa porque el orgullo nacional necesita escenarios. Necesita lugares donde mostrarse, donde amplificarse, donde dejar de ser una sensación individual para convertirse en una experiencia compartida. Cuando miles de personas se visten de verde, cantan lo mismo y reaccionan al mismo tiempo frente a una jugada, se produce una forma de comunión difícil de replicar en otros ámbitos de la vida pública. En ese instante, las diferencias se suspenden un poco: importa menos la edad, la profesión, la postura política o el barrio de origen. Lo que aparece es un “nosotros” provisional, pero poderosísimo.

Y aunque ese “nosotros” dure lo que dura el torneo, no por eso es menos real. De hecho, quizá ahí radica su fuerza: en su carácter efímero, intenso y profundamente emocional. El Mundial permite que el país se vea a sí mismo desde un ángulo menos fragmentado. Por unos días, la conversación nacional deja de girar sólo alrededor del cansancio, el conflicto o la incertidumbre, y se organiza alrededor de algo tan simple y tan potente como esperar un gol de México.

Por qué el orgullo nacional volvió justo ahora

El resurgimiento de este fervor también tiene que ver con el contexto. México atraviesa, desde hace tiempo, una realidad marcada por el desgaste: la conversación pública se ha llenado de ansiedad, violencia, polarización, presión económica y fatiga social. La vida cotidiana exige demasiado y recompensa poco. En ese paisaje, los momentos de alegría colectiva no son un lujo menor: son una necesidad emocional.

Por eso el orgullo que despierta la Selección no debe leerse como una ingenuidad, sino como una respuesta humana a la saturación del presente. Cuando el país encuentra un motivo para celebrar en conjunto, lo abraza con fuerza. No porque ignore lo que ocurre afuera del estadio, sino precisamente porque lo conoce demasiado bien. El futbol no borra la realidad, pero sí abre una pausa en medio de ella. Y en tiempos tensos, una pausa compartida puede sentirse casi como un alivio físico.

Además, el Mundial activa una forma de esperanza que en otros ámbitos se ha vuelto escasa. Durante un partido, todo parece todavía posible: una remontada, una clasificación, un gol en el último minuto, una noche histórica. Esa estructura emocional de expectativa y recompensa conecta muy bien con una sociedad que, en otros frentes, se ha acostumbrado a la frustración. Ver jugar a México es, en cierto sentido, volver a entrar en un territorio donde la esperanza no parece ridícula.

El futbol como refugio ante la crisis cotidiana

Hay algo profundamente revelador en la manera en que los mexicanos viven un Mundial: no sólo como entretenimiento, sino como refugio. En medio de la inseguridad, la presión económica, la incertidumbre laboral y el ruido constante de la conversación pública, el futbol aparece como un espacio donde la atención puede concentrarse por fin en una emoción distinta. No resuelve nada, por supuesto, pero ofrece una tregua. Y esa tregua, cuando se comparte con millones de personas, adquiere una dimensión social enorme.

Durante los partidos de la Selección, la rutina se suspende por un momento. El estrés del trabajo se aplaza, las preocupaciones se hacen a un lado, la discusión política pierde volumen y la energía se vuelca a un mismo punto: el partido. El Mundial funciona entonces como una especie de paréntesis emocional, un territorio breve donde el país puede experimentar algo que en la vida diaria no siempre abunda: entusiasmo colectivo.

Ese refugio también tiene una dimensión simbólica. En un momento en el que tantas instituciones generan desencanto, el futbol conserva algo que muy pocos espacios públicos todavía logran: la capacidad de convocar sin obligar, de emocionar sin explicar demasiado, de hacer sentir que todavía existe una historia común. La Selección, con todas sus contradicciones, ofrece una narrativa sencilla pero poderosa: la de un grupo que representa a México frente al mundo y que, al hacerlo, permite a millones de personas reconocerse entre sí.

Por eso el fervor no es superficial. No se trata sólo de una euforia pasajera ni de una fiebre comercial alrededor del torneo. Lo que ocurre cada vez que México juega es más profundo: la gente se reúne para sentir que forma parte de algo más grande que su jornada, que su cansancio, que sus preocupaciones inmediatas. El futbol se vuelve una forma de descanso emocional, pero también una reafirmación del vínculo con el país.

La fiesta no es del poder, sino de la gente

Otra razón por la que este orgullo se siente tan genuino es que nace desde abajo, desde la afición, desde la calle, desde la costumbre popular de apropiarse del futbol como una celebración propia. La euforia por la Selección no necesita demasiados intermediarios: ocurre en la mesa familiar, en la banqueta, en el mercado, en el transporte, en los bares y en las plazas. Es una fiesta de la gente y por eso tiene tanta fuerza.

Ese detalle no es menor. En tiempos en los que casi todo parece instrumentalizado o capturado por intereses ajenos, el futbol todavía conserva una zona de espontaneidad. La celebración después de un triunfo no se decreta: se desborda. El orgullo nacional que se ha visto en estas semanas tiene esa textura popular, impredecible, afectiva. Se expresa en los abrazos entre desconocidos, en los cánticos, en la alegría compartida, en el impulso de salir a la calle sólo para comprobar que otros están sintiendo lo mismo.

Volver a creer, aunque sea por noventa minutos

Quizá esa sea la mejor manera de entender por qué el orgullo nacional revivió con tanto fervor con los juegos de la Selección Mexicana: porque el Mundial le devolvió al país una experiencia cada vez más escasa, la de creer juntos. Creer que un partido puede cambiar el ánimo de una ciudad. Creer que todavía existen símbolos capaces de convocar a millones sin cinismo. Creer que, pese a todo, hay momentos en los que México puede sentirse unido, vibrante y reconocible para sí mismo.

La Selección no resuelve las fracturas del país ni corrige sus crisis, pero sí logra algo que no debería minimizarse: recordarle a millones de personas que todavía hay una emoción colectiva posible. En medio del desgaste, del escepticismo y de la rutina, el futbol abre una rendija por la que vuelve a entrar el entusiasmo. Y a veces eso basta para que el orgullo nacional, que parecía dormido o disperso, vuelva a ponerse de pie con toda su fuerza.