Casino de la Selva de Cuernavaca, de museo de obras de Siqueiros a un supermercado.
Hubo un tiempo en que Cuernavaca presumía un recinto donde el descanso, la naturaleza y el arte parecían respirar al mismo ritmo. El Casino de la Selva no era solamente un hotel. Era un universo propio. Entre senderos arbolados, jardines exuberantes y edificios de distintas épocas convivían algunas de las expresiones más importantes del muralismo mexicano, convirtiendo al complejo en una especie de museo abierto que sorprendía tanto a viajeros como a artistas e investigadores.
Su historia resulta fascinante porque resume buena parte de las transformaciones del México del siglo veinte. Lo que comenzó como un espacio dedicado al turismo como los mejores casinos online terminó convertido en un referente cultural de talla internacional y, décadas después, en el escenario de una de las discusiones más intensas sobre la protección del patrimonio histórico y artístico. Hoy, donde alguna vez se contemplaron murales monumentales, miles de personas realizan las compras de la semana.

El origen de un ícono de Cuernavaca
El Casino de la Selva abrió sus puertas durante la primera mitad del siglo pasado, cuando Cuernavaca empezaba a consolidarse como uno de los destinos favoritos para quienes buscaban escapar del ritmo acelerado de la capital. Su clima privilegiado, la abundancia de vegetación y la elegancia de sus instalaciones lo convirtieron rápidamente en un sitio frecuentado por empresarios, diplomáticos, escritores y figuras de la vida pública.
Con el paso de los años el complejo dejó de ser únicamente un hotel de lujo. Su arquitectura fue creciendo, los jardines se expandieron y el lugar comenzó a reunir piezas arqueológicas, esculturas y obras monumentales. Poco a poco adquirió un carácter cultural que pocos hoteles en América Latina podían presumir.

Cuando el muralismo encontró un hogar inesperado
Uno de los capítulos más extraordinarios del Casino de la Selva comenzó cuando algunos de los artistas más importantes de México intervinieron sus espacios. El complejo reunió obras de David Alfaro Siqueiros, José Reyes Meza, Jorge González Camarena y otros creadores que entendieron aquellos muros como enormes lienzos donde podía dialogar la historia del país con la arquitectura moderna.
Especialmente célebre fue el mural realizado por Siqueiros, cuya fuerza visual terminó convirtiéndose en uno de los principales símbolos del recinto. Las pinturas convivían con esculturas, jardines tropicales y una importante colección botánica que hacía del lugar una experiencia difícil de comparar. No se trataba únicamente de hospedarse. Se trataba de caminar entre arte, naturaleza y memoria.
Intelectuales, estudiantes, turistas y especialistas recorrían el complejo con la sensación de encontrarse en un espacio donde la cultura aparecía de manera espontánea, sin las barreras habituales de un museo convencional.

El comienzo del declive
Con el paso del tiempo, las condiciones económicas cambiaron. El antiguo hotel comenzó a enfrentar dificultades financieras y el mantenimiento de un complejo de semejante tamaño dejó de ser sostenible. A finales del siglo pasado surgieron proyectos inmobiliarios interesados en adquirir el terreno para desarrollar un nuevo complejo comercial.
Aquella decisión encendió una enorme controversia. Artistas, historiadores, arquitectos, ambientalistas y ciudadanos advirtieron que el sitio representaba mucho más que un predio de alto valor económico. Allí sobrevivían décadas de historia cultural, además de una importante cantidad de árboles y jardines que formaban parte de la identidad de Cuernavaca.

La batalla por salvar el patrimonio
Las protestas crecieron rápidamente. Se organizaron manifestaciones, campañas ciudadanas y llamados para proteger tanto las obras artísticas como el entorno natural del complejo. Durante meses el Casino de la Selva ocupó titulares nacionales y se convirtió en un ejemplo de la tensión permanente entre el desarrollo urbano y la conservación del patrimonio.
Aunque algunas piezas pudieron rescatarse gracias a complejos trabajos de traslado y restauración, una parte importante del conjunto original desapareció. La pérdida no se limitó a los edificios. También se modificó el paisaje que durante décadas había dado personalidad al lugar.
El debate continúa hasta nuestros días porque muchos consideran que el valor simbólico del conjunto nunca pudo reemplazarse.

De recinto cultural a supermercado
Finalmente el terreno cambió de rostro. En el sitio donde antes se admiraban murales, esculturas y jardines surgió un centro comercial, acompañado por un supermercado y diversos establecimientos. Para miles de personas es simplemente un lugar donde hacer compras o resolver necesidades cotidianas. Sin embargo, quienes conocieron el antiguo complejo suelen mirar ese espacio con una mezcla de nostalgia e incredulidad.
Paradójicamente, parte del legado artístico logró sobrevivir. Algunos murales fueron desmontados cuidadosamente y trasladados a otros espacios para garantizar su conservación. Gracias a ello, una fracción del patrimonio del Casino de la Selva continúa disponible para nuevas generaciones, aunque ya no dentro del contexto para el que fue concebido.

Una historia que sigue invitando a reflexionar
El destino del Casino de la Selva plantea una pregunta que permanece vigente en numerosas ciudades de México. ¿Cómo equilibrar el crecimiento urbano con la conservación de aquellos lugares que representan la memoria colectiva?
La respuesta nunca ha sido sencilla. Las ciudades cambian, evolucionan y se transforman. Sin embargo, cuando desaparecen espacios donde confluyeron artistas, arquitectos, escritores y movimientos culturales enteros, también se pierde una parte del relato que explica quiénes somos.
Quizá esa sea la verdadera herencia del antiguo Casino de la Selva. No únicamente los murales que lograron preservarse ni las fotografías que sobreviven en archivos históricos, sino la conciencia de que el patrimonio cultural puede desaparecer con sorprendente rapidez cuando el valor económico termina imponiéndose sobre el valor histórico.
Hoy, entre pasillos comerciales y estacionamientos, resulta difícil imaginar que ese mismo terreno fue uno de los escenarios más importantes para el arte moderno mexicano. Y, sin embargo, basta conocer su historia para comprender que debajo del concreto permanece una memoria que se resiste a desaparecer.

