Mexicanos en la NASA: estos son los científicos, ingenieros y astronautas que llegaron al espacio

Mexicanos en la NASA: una historia que comenzó mucho antes de mirar a Marte.

Cuando pensamos en la NASA, es fácil imaginar cohetes, trajes espaciales y astronautas flotando dentro de una estación orbital. Pero detrás de cada lanzamiento existe una multitud de personas que rara vez aparecen frente a las cámaras: ingenieros, científicos, especialistas, programadores, diseñadores y operadores capaces de convertir una idea imposible en una máquina que pueda sobrevivir al espacio.

México también forma parte de esa historia. La presencia de talento mexicano en la exploración espacial tiene varias décadas y no se limita a quienes han viajado fuera de la Tierra. Hay mexicanos que han participado directamente en misiones orbitales, otros que han trabajado en sistemas robóticos, algunos que han formado parte de equipos de control y especialistas que han contribuido al desarrollo de tecnologías utilizadas para estudiar nuestro planeta y otros mundos.

La historia tiene un punto de partida imposible de olvidar: Rodolfo Neri Vela, originario de Chilpancingo, Guerrero, quien en 1985 se convirtió en el primer ciudadano mexicano en viajar al espacio. Su participación ocurrió durante la misión STS 61 B, a bordo del transbordador Atlantis, que también puso en órbita el satélite mexicano Morelos B.

Desde entonces, aquella fotografía de un mexicano flotando en el espacio dejó de ser una rareza para convertirse en el primer capítulo de una historia mucho más amplia.

Rodolfo Neri Vela, el mexicano que abrió la puerta

Antes de que existieran las imágenes de mexicanos contemplando la Tierra desde el espacio, hubo un ingeniero guerrerense que tuvo que demostrar que un científico formado en México podía formar parte de una misión espacial internacional.

Rodolfo Neri Vela nació en 1952 y estudió Ingeniería Mecánica y Eléctrica en la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente realizó estudios de posgrado en el Reino Unido y desarrolló una trayectoria especializada en telecomunicaciones. Su perfil científico fue precisamente el que lo llevó a convertirse en especialista de carga útil de la misión STS 61 B.

El Atlantis despegó el 26 de noviembre de 1985 y permaneció casi siete días en órbita. Entre los objetivos de la misión estaba el despliegue de tres satélites de comunicaciones, entre ellos el Morelos B, destinado a ampliar los servicios de telecomunicaciones de México.

Pero Neri Vela dejó otra pequeña huella cultural que todavía puede encontrarse en la vida cotidiana de los astronautas. Antes de viajar pidió que se incluyeran tortillas entre sus alimentos. El resultado fue tan práctico que terminaron convirtiéndose en un alimento habitual en las misiones espaciales, precisamente porque no producen las migas que pueden representar un problema dentro de una nave.

Así, la primera incursión mexicana en el espacio llevó consigo algo más que experimentos y tecnología. También llevó un pedazo de México a la órbita terrestre.

José Hernández y una historia de perseverancia

Otra de las historias más conocidas es la de José Hernández, ingeniero estadounidense de origen mexicano que llegó a convertirse en astronauta después de varios intentos.

Su trayectoria comenzó en el terreno de la ingeniería. Hernández se incorporó al Centro Espacial Johnson como ingeniero especializado en materiales y procesos y posteriormente fue seleccionado como candidato a astronauta en 2004. Cinco años después, formó parte de la tripulación del transbordador Discovery durante la misión STS 128.

El Discovery despegó el 28 de agosto de 2009 con destino a la Estación Espacial Internacional. La misión estuvo dedicada al mantenimiento y abastecimiento de la estación y duró casi catorce días. Hernández participó como especialista de misión junto con otros seis astronautas.

Su historia adquirió una dimensión especial porque representa algo que pocas veces se cuenta cuando se habla de exploración espacial: llegar al espacio también puede ser el resultado de décadas de estudio, disciplina y persistencia.

No todos los caminos hacia las estrellas comienzan con un cohete. Algunos empiezan con una mesa de trabajo, un libro de matemáticas y la decisión de volver a intentarlo.

Ellen Ochoa y el enorme legado de una mujer de raíces mexicanas

En esta historia aparece también Ellen Ochoa, una de las figuras más importantes de la NASA durante las últimas décadas.

Aquí vale la pena hacer una precisión. Ochoa nació en Los Ángeles, California, por lo que no es correcto presentarla como astronauta nacida en México. Sin embargo, pertenece a una familia de raíces mexicanas y su trayectoria forma parte de la historia de la representación latina dentro de la NASA.

Su carrera resulta extraordinaria. Doctora en Ingeniería Eléctrica por Stanford, trabajó como investigadora en sistemas ópticos antes de incorporarse al programa de astronautas. En 1993 se convirtió en la primera mujer hispana en viajar al espacio, a bordo del transbordador Discovery durante la misión STS 56.

Ochoa realizó cuatro vuelos espaciales y acumuló casi mil horas en órbita. Después ocupó uno de los puestos de mayor responsabilidad dentro de la agencia: fue directora del Centro Espacial Johnson, convirtiéndose en la primera persona hispana y la segunda mujer en dirigirlo.

Su historia demuestra que la presencia mexicana y latina en la exploración espacial no puede medirse únicamente por el lugar donde nació una persona. También está relacionada con las raíces familiares, la formación científica y la capacidad de abrir caminos para quienes vienen detrás.

Luis Enrique Velasco y la ingeniería que llegó a Marte

Si Neri Vela representa el momento en que México llegó a la órbita terrestre, Luis Enrique Velasco pertenece a una generación para la que el destino ya no era solamente nuestro planeta.

Velasco ha trabajado como ingeniero en el Jet Propulsion Laboratory, uno de los centros científicos y tecnológicos más importantes asociados con la exploración planetaria. Su trabajo estuvo relacionado con el desarrollo del rover Perseverance, que llegó a Marte en 2021 como parte de la misión Mars 2020.

Perseverance fue diseñado para estudiar la superficie marciana, investigar su geología y buscar señales que puedan ayudar a comprender si Marte tuvo condiciones capaces de sostener vida microbiana en el pasado.

La historia de Velasco permite entender una idea fundamental: para llegar a Marte no basta con tener astronautas. Hace falta una enorme comunidad científica capaz de diseñar cámaras, mecanismos, sistemas eléctricos, programas informáticos y estructuras capaces de funcionar a millones de kilómetros de distancia.

En otras palabras, un mexicano también puede llegar a Marte sin abandonar la Tierra.

Dorothy Ruiz Martínez y quienes hacen posible que una misión siga viva

Existe otra clase de héroes espaciales que pocas veces aparecen en las fotografías de los lanzamientos.

Son las personas que permanecen frente a las consolas mientras una nave está en órbita.

Entre ellas se encuentra Dorothy Ruiz Martínez, ingeniera aeroespacial vinculada a las operaciones del Centro de Control de Misión en Houston. Su trabajo está relacionado con la supervisión de operaciones de la Estación Espacial Internacional y con el seguimiento de sistemas indispensables para mantener una misión funcionando.

En una misión espacial, un pequeño problema puede convertirse rápidamente en una situación crítica. Comunicaciones, energía, soporte vital y otros sistemas deben permanecer bajo vigilancia constante.

Por eso, hablar de mexicanos en la NASA también significa mirar hacia esas salas llenas de pantallas donde la exploración espacial ocurre sin espectáculo. Mientras los astronautas observan la Tierra desde una ventana, cientos de personas en tierra trabajan para que puedan hacerlo con seguridad.

Guillermo del Castillo Hoffman y el espacio visto desde una pantalla

La exploración espacial tampoco termina cuando una nave transmite sus datos a la Tierra.

Esos datos tienen que convertirse en imágenes, mapas, modelos y herramientas que puedan ser interpretadas por científicos.

En este terreno aparece Guillermo del Castillo Hoffman, quien ha trabajado en proyectos relacionados con World Wind, una plataforma de visualización geoespacial desarrollada con tecnología de la NASA. Estas herramientas permiten representar información geográfica y datos obtenidos mediante satélites.

Puede parecer una tarea muy distinta a pilotar una nave espacial, pero forma parte de la misma cadena. Explorar significa también aprender a mirar aquello que los instrumentos encuentran.

Katya Echazarreta y la nueva generación

La historia continúa con una generación que creció viendo los transbordadores espaciales en televisión y que ahora contempla un panorama completamente distinto.

Katya Echazarreta, nacida en Guadalajara, se convirtió en 2022 en la primera mujer nacida en México en viajar al espacio. Su vuelo ocurrió a bordo de la misión NS 21 de Blue Origin y fue de carácter suborbital.

Esto requiere otra precisión importante: Echazarreta no fue astronauta de la NASA ni su vuelo fue una misión de la NASA. Su historia pertenece al nuevo ecosistema de vuelos espaciales comerciales, pero resulta relevante para entender cómo ha cambiado el acceso al espacio.

Su formación como ingeniera eléctrica y su experiencia profesional, incluida su relación laboral con el Jet Propulsion Laboratory, muestran que las nuevas generaciones de mexicanos pueden encontrar caminos hacia la industria espacial que hace apenas unas décadas prácticamente no existían.

México también está construyendo su propia historia espacial

La participación mexicana no depende únicamente de las historias individuales.

México también ha desarrollado proyectos propios relacionados con la tecnología espacial. Uno de ellos fue AztechSat 1, un nanosatélite desarrollado con participación universitaria mexicana y puesto en órbita desde la Estación Espacial Internacional.

El proyecto buscó demostrar la posibilidad de establecer comunicación directa entre satélites sin depender exclusivamente de estaciones terrestres, una tecnología especialmente interesante para futuras constelaciones de pequeños satélites.

Este tipo de proyectos son importantes porque cambian la pregunta. Ya no se trata solamente de qué mexicanos han conseguido trabajar para una organización espacial extranjera, sino de qué puede desarrollar México con sus propias universidades, ingenieros y científicos.

Una historia que todavía se está escribiendo

Desde aquel noviembre de 1985, cuando Rodolfo Neri Vela contempló la Tierra desde el Atlantis, han cambiado las naves, los objetivos y hasta la manera de entender quién puede participar en la exploración espacial.

Hoy existen empresas privadas, nuevos programas lunares, robots explorando Marte, telescopios capaces de observar galaxias lejanas y una industria espacial que necesita cada vez más especialistas.

En ese panorama, la historia mexicana resulta especialmente interesante porque no pertenece a una sola persona. Neri Vela abrió una puerta. José Hernández mostró la perseverancia necesaria para atravesarla. Ellen Ochoa amplió el espacio para las nuevas generaciones y otros ingenieros y científicos han seguido trabajando detrás de las misiones que buscan comprender otros mundos.

Quizá esa sea la parte más fascinante de mirar a los mexicanos en la NASA y en la exploración espacial. El espacio no es únicamente la historia de quienes consiguen despegar. También es la historia de quienes pasan años construyendo aquello que algún día hará posible el siguiente lanzamiento.

Y mientras las nuevas misiones vuelven a mirar hacia la Luna y, eventualmente, hacia Marte, es muy probable que más nombres mexicanos aparezcan en esa historia.

Porque algunas fronteras se cruzan en un instante, cuando un cohete abandona la Tierra. Otras comienzan mucho antes, cuando alguien decide estudiar una ciencia difícil y dedicar su vida a resolver problemas que todavía nadie ha resuelto.

El espacio, después de todo, también se conquista desde un salón de clases, un laboratorio y una computadora en México.