Romita mi amor: misterios, callejones y memoria de un barrio entrañable de CDMX

Romita mi amor: el misterio de un barrio entrañable de la CDMX.

Hay lugares de la Ciudad de México que parecen haber aprendido a resistirse al paso del tiempo. Mientras alrededor aparecen edificios nuevos, restaurantes, galerías y avenidas cada vez más transitadas, ellos permanecen discretamente en su sitio, como si la ciudad moderna hubiera decidido crecer a su alrededor sin atreverse a tocarlos demasiado. La Romita es uno de esos lugares.

A unas cuantas calles de la colonia Roma existe un pequeño barrio que conserva algo difícil de encontrar en una de las zonas más transformadas de la capital: la sensación de estar en un pueblo. Sus calles estrechas, sus adoquines, su plaza y su antigua capilla construyen una atmósfera distinta a la de las avenidas que lo rodean. Y quizá lo más sorprendente es que La Romita es anterior a la propia colonia Roma.

Mucho antes de que la ciudad comenzara a llamar a esta zona con nombres afrancesados y antes de que se trazaran las calles que hoy conocemos, aquí existió un asentamiento de origen prehispánico llamado Aztacalco, cuyo nombre puede traducirse como “casa de las garzas”. Era un pequeño pueblo establecido en un islote de los alrededores de Tenochtitlan y, con el paso de los siglos, consiguió conservar una identidad propia incluso cuando la ciudad cambió radicalmente.

Por eso caminar por La Romita no es exactamente caminar por la Roma. Es entrar en una historia mucho más antigua que la colonia que la rodea.

Un pueblo antes de la colonia Roma

La historia de La Romita comienza mucho antes de los cafés, las casonas porfirianas y los edificios art déco que hoy caracterizan a la zona.

En tiempos prehispánicos, Aztacalco formaba parte del paisaje lacustre de la antigua cuenca de México. Después de la Conquista, el asentamiento continuó habitado y mantuvo buena parte de su estructura tradicional, con calles angostas y una vida comunitaria que sobrevivió a las transformaciones urbanas de los siglos posteriores.

Uno de los grandes testigos de esa historia es la capilla de Santa María de la Natividad Aztacalco, conocida popularmente como la capilla de La Romita. Su origen se remonta aproximadamente al siglo XVI y la convierte en uno de los templos más antiguos de esta parte de la ciudad.

La pequeña iglesia tiene una importancia particular porque fue levantada cuando la Ciudad de México todavía estaba construyendo su nuevo rostro colonial. Mucho después llegarían las grandes avenidas, las mansiones y los proyectos urbanos que terminarían por rodearla.

La capilla, en cambio, permaneció.

Y con ella permaneció también el barrio.

¿Por qué se llama La Romita?

El nombre parece una paradoja.

La Romita no nació como una versión pequeña de Roma, aunque esa es la explicación que inevitablemente viene a la cabeza cuando uno escucha el nombre.

Durante el siglo XVIII existía un camino arbolado que comunicaba el antiguo pueblo con la zona de Chapultepec. A los españoles que transitaban por ahí, aquel paisaje les recordó ciertos caminos de Roma, Italia, y de esa asociación habría surgido el nombre de La Romita.

La historia tiene algo de poético: un pequeño pueblo de la antigua cuenca terminó recibiendo un nombre que miraba hacia Europa, mientras conservaba una identidad profundamente ligada a la historia de México.

Después, a principios del siglo XX, todo cambiaría.

Los terrenos que rodeaban al antiguo pueblo fueron fraccionados para dar paso a la colonia Roma, uno de los proyectos urbanos más ambiciosos de la época. Aparecieron nuevas calles, casas de inspiración europea y una arquitectura que buscaba representar la modernidad de la capital.

Pero La Romita no desapareció.

Quedó como una pequeña isla dentro de la nueva ciudad.

La Romita y sus historias oscuras

Como ocurre con muchos de los lugares antiguos de la Ciudad de México, la historia de La Romita también está acompañada por una colección de leyendas, rumores y relatos sobrenaturales.

Durante la época colonial, el barrio llegó a tener fama de ser un sitio peligroso y marginal. Su ubicación y sus calles estrechas alimentaron historias sobre delincuentes, bandidos y personajes que utilizaban el miedo como una herramienta para controlar a quienes se aventuraban por la zona.

Una de las leyendas más conocidas habla de ahuehuetes ubicados frente a la capilla, donde supuestamente eran ejecutados algunos indígenas acusados de cometer delitos. Los relatos cuentan que estos acontecimientos podían convertirse en auténticos espectáculos públicos, con música y una multitud reunida alrededor.

De aquellas historias habría surgido incluso el sobrenombre de Iglesia del Señor del Buen Ahorcado.

Como sucede con tantas leyendas capitalinas, resulta difícil separar completamente los hechos de la imaginación popular. Y quizá esa sea precisamente la gracia de La Romita: su historia no termina donde comienzan los documentos.

También se hablaba de sombras que aparecían por las noches, de presencias extrañas y de supuestos nahuales o hechiceros que utilizaban las supersticiones de la época para asustar o engañar a los habitantes.

Todavía hoy circulan historias sobre susurros, apariciones y fantasmas que recorren las calles cuando cae la noche.

Puede que nadie pueda demostrar que sean ciertas.

Pero tampoco han conseguido desaparecer.

Un barrio que alguna vez fue temido

La imagen romántica de La Romita que conocemos actualmente no siempre existió.

Durante buena parte de su historia, el barrio fue visto como un lugar pobre, peligroso y apartado. Mientras la ciudad crecía y se modernizaba, La Romita conservaba una condición periférica que la convirtió durante décadas en refugio de personas que vivían al margen de la vida urbana más privilegiada.

Su reputación llegó a ser tan fuerte que el barrio terminó asociado con historias de delincuentes y robos.

Pero la ciudad tiene una curiosa manera de transformar sus propios estigmas.

Con el tiempo, aquellos mismos callejones que alguna vez provocaron miedo comenzaron a despertar curiosidad, nostalgia y fascinación.

La Romita dejó de ser únicamente un lugar que había sobrevivido a la modernización de la capital y comenzó a convertirse en una cápsula urbana capaz de mostrar cómo era la ciudad antes de que la ciudad moderna terminara de formarse.

El barrio que llegó al cine y a la literatura

La atmósfera de La Romita también llamó la atención de artistas y escritores.

En 1950, Luis Buñuel filmó algunas escenas de Los olvidados en este barrio. La película retrató una Ciudad de México marcada por la pobreza y la desigualdad, y las calles de La Romita se convirtieron en parte de ese retrato áspero de la capital.

La elección no fue casual.

Para entonces, el barrio todavía conservaba una arquitectura popular y una apariencia muy distinta de las zonas más modernas de la ciudad. Sus calles podían funcionar como escenario de una ciudad que quedaba fuera de las postales oficiales.

Décadas después, La Romita también apareció en la literatura de José Emilio Pacheco. En Las batallas en el desierto, el barrio forma parte de ese mapa imaginario de una Ciudad de México donde las historias de infancia, los rumores y los temores populares se mezclan con la vida cotidiana.

Uno de esos personajes era el célebre hombre del costal, una figura asociada con los miedos infantiles y las historias que los adultos contaban para mantener a los niños lejos de ciertos lugares.

Así, La Romita terminó convirtiéndose en algo más que un barrio.

Se volvió parte del imaginario de la ciudad.

La pequeña isla dentro de la Roma

Hoy La Romita está integrada a Roma Norte, muy cerca de avenidas como Cuauhtémoc y rodeada por calles como Puebla, Morelia y Durango. La colonia que la rodea cambió por completo con los años, pero el pequeño barrio consiguió mantener buena parte de su personalidad.

Esa es quizá su característica más fascinante.

Basta caminar unos minutos para notar el cambio. La arquitectura, el ritmo de las calles y hasta la escala del espacio parecen modificarse. La ciudad se vuelve más pequeña.

La plaza frente a la capilla funciona como un punto de encuentro y las calles conservan una apariencia que recuerda que aquí existió un pueblo mucho antes de que la Roma fuera siquiera un proyecto urbano.

No es un escenario congelado ni una pieza de museo. La Romita sigue siendo un barrio vivo, con habitantes, comercio y vida cotidiana.

Su encanto está precisamente en eso.

Una cápsula de memoria en medio de la ciudad

La Romita resulta fascinante porque concentra varias ciudades dentro de unas cuantas calles.

Está la ciudad prehispánica de Aztacalco, la ciudad colonial, el barrio popular que sobrevivió durante siglos, la zona marginal que inspiró historias de miedo, el escenario cinematográfico de Buñuel y el rincón que actualmente convive con una de las colonias más conocidas de la capital.

Todo eso permanece superpuesto.

Caminar por La Romita es recorrer una pequeña parte de la historia urbana de México sin necesidad de entrar a un museo. Las paredes, la plaza, la capilla y el trazado de sus calles funcionan como una especie de archivo al aire libre.

Y quizá por eso sigue provocando una sensación tan particular.

La CDMX tiene fama de no detenerse nunca. Cambia de nombre, de edificios, de habitantes y de costumbres con una velocidad impresionante. Sin embargo, algunos lugares consiguen conservar una especie de resistencia silenciosa.

La Romita es uno de ellos.

Romita, mi amor

Hay barrios que se conocen por sus restaurantes, otros por su arquitectura y algunos por las fotografías que aparecen en las guías turísticas. La Romita tiene otra clase de atractivo.

Se conoce caminándola.

Hay que entrar por sus calles, mirar los detalles de sus fachadas, acercarse a la capilla y dejar que el contraste con la colonia Roma haga su trabajo. Entonces resulta más fácil entender por qué este pequeño territorio ha conseguido conservar una identidad tan poderosa.

La Romita no necesita competir con la Roma.

Tiene su propia historia.

Una historia que comenzó en un paisaje de agua y garzas, atravesó la Conquista, sobrevivió a la transformación colonial, escuchó leyendas de fantasmas y delincuentes, apareció en el cine y la literatura y finalmente quedó rodeada por una de las zonas más conocidas de la Ciudad de México.

Quizá ahí está su verdadero misterio.

La Romita no es un barrio que haya quedado atrapado en el pasado. Es un barrio que se negó a olvidarlo.

Y en una ciudad que cambia todos los días, conservar la memoria también puede ser una forma de resistencia.