Mucho antes de James Bond, Eisenstein ya había filmado desfiles del Día de Muertos

La espectacular secuencia de James Bonde: Spectre ayudó a crear el desfile capitalino de 2016, pero la relación entre el cine y el Día de Muertos venía de muchas décadas atrás.

Hay una imagen que parece haber estado siempre ahí: el Centro Histórico de la Ciudad de México lleno de catrinas, esqueletos, música, flores de cempasúchil y enormes figuras de la muerte avanzando entre la multitud. Para millones de personas, esa postal forma parte natural del Día de Muertos. Sin embargo, el desfile masivo que actualmente recorre las calles de la capital es una tradición relativamente reciente.

La historia tiene un curioso punto de partida en James Bond. En Spectre, estrenada en 2015 y protagonizada por Daniel Craig, la película comienza con 007 caminando por las calles del Centro Histórico durante una espectacular celebración de Día de Muertos. La producción filmó aquellas escenas en marzo de 2015 y reunió a 1,500 extras, además de músicos, bailarines, artistas y enormes esqueletos de cartón.

Aquella celebración, tal como aparece en la pantalla, no correspondía a un desfile tradicional que ocurriera cada año en la Ciudad de México. Al año siguiente, el 29 de octubre de 2016, la capital organizó su primer gran desfile de Día de Muertos, una nueva celebración pública que recorrió el Centro Histórico y Paseo de la Reforma. La primera edición reunió aproximadamente a 250 mil personas.

Pero aquí aparece una historia mucho más antigua.

Eisenstein llegó casi nueve décadas atrás

Mucho antes de que Bond caminara entre calaveras, Serguéi Eisenstein ya había quedado fascinado con México y con su particular relación con la muerte.

El cineasta soviético llegó al país en diciembre de 1930, acompañado por el camarógrafo Eduard Tissé y Grigori Aleksándrov. Durante cerca de dos años recorrió distintos lugares de México para filmar ¡Que viva México!, un ambicioso proyecto cinematográfico que pretendía retratar la historia, las fiestas y las contradicciones del país.

Su fascinación por el Día de Muertos había comenzado incluso antes de pisar territorio mexicano. Eisenstein había visto fotografías de la celebración publicadas en una revista alemana y quedó impresionado por las imágenes de esqueletos, calaveras y escenas festivas relacionadas con la muerte. Aquellas fotografías despertaron su deseo de conocer personalmente el país que podía celebrar la muerte de semejante manera.

El Día de Muertos visto por un cineasta soviético

Para Eisenstein, el Día de Muertos no era simplemente una colección de imágenes exóticas. Era una manera de acercarse a una relación mexicana con la muerte en la que lo solemne podía convivir con lo festivo.

Las secuencias que filmó muestran calaveras de azúcar, máscaras, esqueletos, flores, cementerios, música y personas participando en celebraciones colectivas. En algunas escenas aparecen hombres con máscaras de calavera ejecutando danzas mientras alrededor se desarrolla una auténtica fiesta popular.

El resultado estaba destinado a convertirse en el epílogo de ¡Que viva México!, conocido precisamente como “Día de Muertos”. La película nunca fue concluida por Eisenstein, pero el material sobrevivió y posteriormente fue montado por Aleksándrov a partir de los apuntes y diseños originales del director. Una de las versiones más conocidas fue presentada en 1979.

Es importante hacer una precisión: Eisenstein no filmó el actual Gran Desfile de Día de Muertos de la CDMX, porque éste todavía no existía. Lo que registró fueron las celebraciones y expresiones populares de la festividad que encontró en México durante aquellos años. Esa diferencia, lejos de restarle importancia, vuelve todavía más interesante su testimonio.

De las calaveras de Eisenstein a las de Bond

Entre Eisenstein y James Bond existe una curiosa continuidad visual.

En 1930 y 1931, Eisenstein encontró un México donde la muerte podía aparecer entre flores, azúcar, máscaras, música y celebración. Ochenta y cuatro años después, Sam Mendes llevó una versión espectacularizada de ese imaginario al comienzo de Spectre.

La película de 007 convirtió esa imagen en una escena de escala monumental: calaveras gigantes, carros alegóricos, miles de personas caracterizadas y las calles del Centro Histórico transformadas en un escenario cinematográfico. La producción incluso trasladó posteriormente a Inglaterra los enormes esqueletos utilizados durante el rodaje.

La paradoja es que la ficción terminó convirtiéndose en realidad. Después del estreno de Spectre, la expectativa turística alrededor de aquella celebración llevó a las autoridades capitalinas a crear un desfile real. Así, una escena imaginada por Hollywood terminó formando parte del calendario cultural de la Ciudad de México.

Una tradición antigua, una celebración nueva

Esto no significa que Día de Muertos haya nacido con el cine, ni mucho menos. La relación mexicana con la muerte tiene raíces indígenas y católicas profundamente anteriores al siglo XX. Lo relativamente nuevo es la forma de convertir esa celebración en un gran espectáculo urbano itinerante.

De hecho, cuando se discutió el origen del desfile capitalino en 2016, el entonces secretario de Cultura de la Ciudad de México, Eduardo Vázquez Martín, cuestionó que Spectre pudiera considerarse el origen de la celebración. Señaló que la película había recreado elementos de una cultura existente y recordó que el propio Eisenstein ya había llevado el Día de Muertos al cine décadas antes.

La historia, entonces, es más interesante que la versión sencilla de que James Bond inventó el desfile. Hollywood imaginó una procesión espectacular; la Ciudad de México decidió convertirla en un acontecimiento real; y, mucho antes de ambos, Eisenstein había encontrado en las celebraciones mexicanas una de las imágenes cinematográficas más poderosas de su viaje por el país.

México ya se estaba mirando a sí mismo

Quizá por eso las imágenes de Eisenstein conservan una fuerza particular. No muestran un México diseñado para una superproducción internacional, sino un país que celebraba, recordaba y representaba a sus muertos mucho antes de que las calaveras gigantes se convirtieran en una postal turística mundial.

Entre las imágenes de ¡Que viva México! y las de Spectre hay casi un siglo de distancia, pero permanece una misma intuición: en México la muerte puede aparecer junto a la música, la fiesta, el color y la memoria.

James Bond ayudó a crear el desfile contemporáneo de la capital. Eisenstein, en cambio, llegó mucho antes para descubrir con su cámara que aquella fascinación ya estaba ahí.