Nueve de cada diez menores mexicanos utilizan tecnología. Estos son los principales riesgos digitales y algunas claves para acompañarlos.
La tecnología ya forma parte de la vida cotidiana de nueve de cada diez menores de entre 6 y 17 años en México. El reto ya no es alejarlos de las pantallas, sino acompañarlos para que aprendan a habitarlas con seguridad.
Desde que un niño descubre el mundo a través de una pantalla hasta que un adolescente construye buena parte de su vida social en internet, la frontera entre la vida digital y la vida cotidiana prácticamente ha desaparecido. En México, alrededor del 90% de las personas de entre 6 y 17 años utiliza algún dispositivo digital, una proporción que creció desde el 70% registrado en 2016.
La cifra muestra hasta qué punto la tecnología dejó de ser un elemento extraordinario para convertirse en parte de la infancia. Aprender, jugar, conversar, investigar, crear contenido y relacionarse ocurren cada vez con mayor frecuencia a través de teléfonos, tabletas, computadoras y videojuegos. Pero esa presencia también abre la puerta a riesgos que pueden pasar inadvertidos para las familias.
En 2025, 21% de las personas de 12 años en México reportó haber estado involucrado en una situación de ciberacoso, y en aproximadamente un tercio de esos casos la persona agresora no era conocida por la víctima.
Una generación que creció conectada
Para los adultos, internet puede sentirse todavía como un territorio al que llegaron después. Para niñas, niños y adolescentes, en cambio, es parte del espacio donde ocurre su vida. Una conversación que comienza en la escuela puede continuar en un grupo de mensajería; una amistad puede nacer en un videojuego; una discusión puede prolongarse durante la noche en una red social.
Por eso, hablar únicamente de “tiempo frente a la pantalla” resulta insuficiente. El verdadero desafío aparece cuando la conexión empieza a desplazar otras dimensiones importantes de la vida, como dormir, hacer ejercicio, convivir cara a cara o participar en actividades fuera de internet.
La propia discusión nacional sobre tecnología e infancias ha comenzado a considerar este cambio. En julio de 2026, el gobierno federal señaló que más del 90% de los adolescentes utiliza internet y abrió una serie de foros para discutir el uso de plataformas digitales y redes sociales entre niñas, niños y adolescentes.

Tres riesgos que conviene vigilar
Hiperconectividad
No existe una cifra mágica de horas que permita determinar por sí sola si el uso de una pantalla es adecuado. Una señal más importante aparece cuando la tecnología comienza a ocupar el espacio de actividades esenciales.
Dormir menos por quedarse conectado, abandonar actividades deportivas, aislarse de amigos y familiares o experimentar cambios fuertes de humor cuando se retira un dispositivo son señales que merecen atención.
Contenido inadecuado
Internet tampoco funciona como un espacio exclusivamente diseñado para menores. Contenido violento, sexual o perturbador puede aparecer incluso cuando un niño no lo está buscando.
La dificultad aumenta porque niñas, niños y adolescentes todavía están desarrollando herramientas para interpretar aquello que encuentran. Frente a una experiencia que los incomoda pueden aparecer curiosidad, miedo, culpa o silencio, especialmente si creen que contar lo ocurrido provocará un regaño o la pérdida inmediata del dispositivo.
Grooming
Uno de los riesgos más delicados es el grooming, cuando un adulto busca establecer contacto con un menor con fines de abuso o explotación.
El peligro puede ser difícil de reconocer porque la persona detrás de una pantalla no necesariamente aparece como un desconocido evidente. Puede comenzar dentro de un videojuego, una comunidad digital o mediante amigos en común, construir confianza poco a poco y posteriormente intentar llevar la conversación a un espacio privado.
Por eso es importante enseñar a los menores que una persona conocida digitalmente no equivale automáticamente a una persona conocida en la vida real.

Cuando algo cambia, vale la pena preguntar
La conducta cotidiana puede ofrecer algunas pistas. Cambios drásticos de humor, abandono de actividades sociales, alteraciones del sueño, ansiedad al utilizar determinados dispositivos o plataformas y una necesidad repentina de ocultar lo que ocurre en internet son señales que conviene observar.
La conversación también importa. En lugar de esperar a que aparezca un problema, especialistas en bienestar digital recomiendan observar, preguntar, escuchar y acompañar.
La idea no consiste en convertir cada teléfono en un objeto bajo vigilancia permanente. Se trata de construir suficiente confianza para que un niño pueda contar lo que encontró en internet antes de que una situación se convierta en un problema mayor.
Tecnología con acompañamiento
La respuesta tampoco parece estar en imaginar una infancia completamente desconectada. La tecnología ofrece herramientas educativas, espacios de creatividad, comunicación y acceso a información que forman parte del presente y que seguirán siendo importantes en el futuro.
El desafío está en enseñar a utilizarla sin que termine sustituyendo aquello que también necesita una infancia: sueño, movimiento, convivencia, curiosidad, juego y vínculos humanos.
Entre las recomendaciones para las familias están utilizar la tecnología como herramienta y no como refugio, verificar la información antes de compartirla, proteger los momentos fuera de las pantallas, mantener un diálogo abierto y evitar compartir datos personales o establecer contacto con desconocidos. También existen controles de tiempo de pantalla, bloqueo de contenidos y límites para determinadas aplicaciones en dispositivos iOS y Android.
Al final, el dato del 90% cuenta solamente una parte de la historia. La pregunta más importante ya no es si las nuevas generaciones van a crecer rodeadas de tecnología. Eso ya está sucediendo. La verdadera conversación consiste en decidir qué herramientas tendrán para reconocer los riesgos, pedir ayuda y hacer de internet un espacio más seguro para crecer.

