Puebla resguarda un observatorio solar de 2 mil 500 años que revela los secretos del cielo prehispánico.
En la Sierra Norte de Puebla, un antiguo conjunto arquitectónico demuestra que observar el cielo era mucho más que contemplar las estrellas. En Tetelihtic, un asentamiento prehispánico ubicado en el municipio de Teteles de Ávila Castillo, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) confirmaron la existencia de un observatorio solar de más de 2 mil 500 años de antigüedad, considerado el primer complejo de este tipo registrado fuera del área maya. El hallazgo permite acercarse a los conocimientos astronómicos que ayudaban a las antiguas sociedades mesoamericanas a medir el tiempo, organizar sus cosechas y establecer sus ceremonias.
El conjunto, conocido como Grupo E, corresponde al periodo Preclásico Medio, entre los años 1000 y 600 antes de Cristo. Su arquitectura y orientación revelan una relación precisa entre las construcciones, el horizonte y el movimiento del Sol. Lejos de ser una coincidencia, la disposición de sus estructuras apunta a un sistema de observación que vinculaba los ciclos celestes con la vida cotidiana de sus habitantes.

Un observatorio construido para seguir el movimiento del Sol
El complejo está integrado por un patio cuadrangular y dos basamentos situados en sus extremos oriental y occidental. La estructura del este mide 90 metros de largo por 40 de ancho, mientras que la del oeste alcanza 46 metros de largo por 27 de ancho y funcionaba como punto de observación.
De acuerdo con el arqueólogo Alberto Diez Barroso Repizo, director del Proyecto Arqueológico Teteles de Ávila Castillo, la disposición del conjunto presenta similitudes con el Grupo E de Uaxactún, en Guatemala, uno de los referentes de la arquitectura astronómica maya. Sin embargo, el complejo poblano tiene dimensiones que duplican las de su contraparte guatemalteca.
La orientación de los edificios permitía seguir la trayectoria solar durante los equinoccios y los solsticios, momentos fundamentales para reconocer los cambios estacionales. En aquella época, cuando el conocimiento del cielo estaba estrechamente ligado a la supervivencia, identificar esos movimientos significaba anticipar ciclos y organizar la vida comunitaria.

Un calendario marcado por la luz
La importancia del observatorio no reside únicamente en su antigüedad o tamaño. Sus alineaciones también aportan información sobre la manera en que los antiguos habitantes de Tetelihtic medían el paso del tiempo.
Las investigaciones indican que el conjunto ayudaba a identificar el inicio del calendario mesoamericano en febrero y la temporada de cosecha en octubre. La posición del Sol sobre el horizonte funcionaba como una referencia para reconocer momentos específicos del año, sin necesidad de instrumentos modernos.
Este conocimiento tenía consecuencias prácticas. Distinguir los cambios estacionales permitía relacionar los ciclos agrícolas con periodos de preparación, siembra y recolección. Al mismo tiempo, la observación astronómica podía integrarse a las ceremonias y creencias de la comunidad.
Así, la arquitectura se convertía en una herramienta para interpretar el entorno: el movimiento del Sol servía como medida del tiempo y como vínculo entre el orden natural y la organización social.

Puebla y el enigma de las conexiones mayas
El descubrimiento también abre nuevas preguntas sobre los contactos culturales que existieron en Mesoamérica antes del auge de las grandes ciudades del periodo Clásico.
La semejanza entre el Grupo E de Tetelihtic y el de Uaxactún plantea interrogantes sobre la circulación de conocimientos arquitectónicos y astronómicos entre distintas regiones. Una de las hipótesis de investigación considera que la presencia maya en Teteles podría remontarse aproximadamente al año 1000 antes de Cristo.
Sin embargo, las similitudes arquitectónicas no bastan por sí solas para demostrar el origen étnico de quienes construyeron el observatorio. Las relaciones entre los antiguos pobladores de Puebla, los mayas y los antepasados de los totonacos continúan bajo investigación.
Los especialistas también estudian una posible asociación entre una estructura del sitio y Nantehuitz, una figura de la tradición nahua cuyo nombre se traduce como “nuestra madre del sur”. La hipótesis considera la orientación de una de las construcciones hacia Canopus, una de las estrellas más brillantes del cielo nocturno.
Un asentamiento que sobrevivió a sus constructores
Los datos arqueológicos sitúan la ocupación de Tetelihtic aproximadamente entre 900 antes de Cristo y 100 después de Cristo, periodo tras el cual comenzó un abandono parcial del asentamiento. No obstante, el lugar conservó su importancia ceremonial durante siglos.
Entre las evidencias destaca una ofrenda totonaca fechada entre los años 600 y 900 después de Cristo. Este hallazgo permite explorar la posibilidad de que existieran vínculos entre los antiguos habitantes de Teteles y las poblaciones totonacas que posteriormente se desarrollaron en regiones de Puebla y Veracruz, incluidos los entornos de Yohualichan y El Tajín.
La continuidad de las prácticas ceremoniales sugiere que los espacios sagrados podían conservar su significado incluso cuando cambiaban las comunidades que los habitaban. El sitio constituye, por ello, una oportunidad para estudiar las transformaciones culturales que marcaron la historia de la región.
Un legado astronómico que sigue bajo investigación
El observatorio solar de Tetelihtic amplía el conocimiento sobre la diversidad de tradiciones científicas de la antigua Mesoamérica. Su existencia demuestra que la observación del cielo y su relación con la arquitectura no fueron fenómenos exclusivos de una sola región.
Con sus basamentos, alineaciones y referencias al calendario agrícola, este conjunto de más de 2 mil 500 años permite reconocer una forma de conocimiento construida a partir de la observación sistemática de la naturaleza. También recuerda que detrás de cada estructura hubo comunidades capaces de interpretar los movimientos celestes y convertirlos en referencias para organizar su mundo.
En las montañas de Puebla, las piedras conservan parte de esa historia. Cada nueva investigación sobre Tetelihtic puede ayudar a comprender mejor cómo los pueblos mesoamericanos relacionaron el cielo con la tierra mucho antes de que sus ciudades alcanzaran su mayor esplendor.

