El susurro de los bosques antiguos: un árbol fosilizado revive la historia del ámbar.
En las elevadas laderas de Simojovel de Allende, Chiapas, un equipo de paleobotánicos mexicanos abrió una ventana única hacia el pasado profundo del continente: descubrieron restos de un árbol extinto que, hace aproximadamente 23 millones de años, produjo la resina vegetal que con el paso del tiempo se petrificó en lo que hoy conocemos como ámbar chiapaneco — una piedra semipreciosa admirada por su belleza, color y riqueza de inclusiones biológicas.
Aunque el nombre de esta especie recién reconstruida —Hymenaeaphyllum mirandae— puede sonar extraño, su hallazgo tiene un peso histórico y científico mayúsculo: representa la posibilidad de comprender no solo cómo eran los bosques tropicales del Mioceno temprano, sino también quiénes fueron los protagonistas botánicos de una de las gemas más emblemáticas del sur de México.
Simojovel: crisol de historias atrapadas en resina
La región de Simojovel, en la Sierra Madre del Sur chiapaneca, es una de las áreas más ricas del mundo en depósitos de resina fosilizada. Aquí, estratos geológicos depositados hace entre 23 y 15 millones de años han preservado fragmentos de ecosistemas que ya no existen, encapsulando insectos, hojas y otros restos biológicos de épocas remotas. Esta resina, convertida con los siglos en ámbar por procesos naturales de polimerización y presión geológica, es especialmente valorada por su claridad y diversidad de inclusiones.
Hasta ahora, se sabía que el ámbar de Chiapas provenía de resinas antiguas, pero no se había identificado con certeza la planta originaria de esa savia que, millones de años después, se convirtió en un tesoro geológico. El análisis de hojas fosilizadas dentro de este material ha permitido a los investigadores reconstruir la morfología de H. mirandae, confirmando su papel como uno de los productores de aquella resina ancestral.

Entre el pasado y el presente: parentescos vivos
Aunque Hymenaeaphyllum mirandae es una especie extinta, guarda similitudes con árboles actuales del mismo grupo, como el guapinol (Hymenaea courbaril), que hoy crece en regiones tropicales del continente americano. Estos parentescos permiten a los científicos imaginar cómo pudieron lucir antiguos bosques tropicales, y cómo la capacidad de sintetizar resina fue un rasgo adaptativo importante para combatir plagas, sellar heridas o defenderse de agentes externos.
Este tipo de descubrimientos no solo alimenta nuestra curiosidad por los orígenes de la vida vegetal en el continente, sino que también refuerza el papel de México —y particularmente de Chiapas— como un sitio excepcional para la paleontología del ámbar, comparado globalmente con otras localidades famosas por su material fósil.
Un puente para futuras exploraciones
Identificar la fuente vegetal del ámbar antiguo abre caminos para nuevas investigaciones: desde estudios de paleoclima hasta reconstrucciones de comunidades biológicas antiguas. Cada pieza de ámbar, con su contenido atrapado, es una cápsula del tiempo que ahora podemos leer con mayor claridad gracias a este hallazgo.
Este descubrimiento nos recuerda que bajo nuestros pies se esconden paisajes que alguna vez respiraron, crecieron y vivieron, ofreciéndonos fragmentos de un mundo que sigue sorprendiéndonos con sus historias milenarias.

