Descubren nueva especie de dinosaurio que habitó en México hace 74 millones de años

Imagina el norte de México hace 74 millones de años: un paisaje de ríos serpentinos, vegetación exuberante y un cielo que, como hoy, veía pasar nubes y estrellas. Entre ese mundo antiguo vagaba un depredador ágil, no gigantesco como el T-rex, pero sí intenso en sus sentidos y comportamientos. Hoy, tras eones de silencio, su nombre resuena de nuevo en los pasillos de la ciencia: Xenovenator espinosai.

El descubrimiento, liderado por investigadores de la Universidad Humanista de las Américas en colaboración con la University of Bath del Reino Unido, surge de un hallazgo excepcional: un endocráneo —la cavidad craneal que aloja el cerebro— extraordinariamente bien conservado en sedimentos de la Formación Cerro del Pueblo, en Coahuila, un yacimiento ya legendario por su riqueza en fósiles prehistóricos.

A primera vista, los restos no sugerían un dinosaurio monumental. Sus tres metros de longitud —aproximadamente del tamaño de un automóvil compacto— podrían pasar desapercibidos frente a los colosales saurópodos que solían dominar las planicies cretácicas. Pero fue precisamente su cerebro relativamente grande, sus ojos asombrosamente desarrollados y su dentición especializada lo que capturó la atención de los paleontólogos.

Este animal pertenece al grupo de los troodóntidos, una familia de dinosaurios carnívoros que históricamente han intrigado a los científicos por su combinación de agilidad, reflejos y posibles comportamientos complejos. Sus ojos frontales, dispuestos hacia adelante, revelan un depredador que no sólo cazaba, sino que lo hacía con precisión incluso en condiciones de poca luz. Su dieta probablemente incluía pequeños vertebrados, cazados en la penumbra del amanecer o el ocaso.

Además, la estructura interna del cráneo sugiere agudos sentidos auditivos, lo que lo convierte en uno de los cazadores nocturnos más fascinantes del Cretácico tardío. A diferencia de los grandes carnívoros que se apoyaban en la fuerza bruta, el Xenovenator espinosai quizá combinaba astucia y sigilo, un enfoque casi intimista de la supervivencia.

El nombre mismo cuenta una historia: Xenovenator se traduce como “extraño cazador”, un reflejo tanto de sus rasgos poco convencionales como del desafío que representó para los científicos clasificarlo dentro del árbol evolutivo. El epíteto espinosai honra a Luis Espinosa, pionero en el estudio de dinosaurios en México y mentor de generaciones de paleontólogos.

Este hallazgo no es un simple fragmento más de hueso: es una ventana al pasado que refuerza a México como un territorio central para la paleontología mundial, un lugar donde todavía hay capítulos enteros de la historia de la vida por descubrir. Cada fósil cuenta no solo qué especie fue, sino cómo era su mundo, cómo interactuaba y cómo evolucionó hasta desaparecer hace millones de años.

En un país que a menudo se mira solo a través del lente humano, esta pieza prehistórica nos recuerda cuán vastos y antiguos son los cimientos de su suelo. El Xenovenator espinosai no solo enriquece nuestro catálogo de especies, sino que alimenta la imaginación: ¿qué otros secretos milenarios reposan bajo nuestros pies, esperando el momento para regresar del pasado?