Ulama, memoria en movimiento – Una pieza viva del patrimonio cultural mexicano.
Como la estela de una pelota de hule que corta el aire y dibuja círculos en la tierra, el ulama regresa con fuerza al centro del discurso cultural en México. Más que un juego, representa hoy una conexión viva entre siglos pasados y presente comunitario: un hilo que une a generaciones y que ahora lucha por ser reconocido oficialmente como Patrimonio Cultural de México.
Desde las comunidades del estado de Sinaloa, donde se mantiene viva su práctica, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha iniciado un proceso riguroso para incorporar al ulama en el Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México y sentar las bases para una futura postulación internacional.
Este reconocimiento pasa por mucho más que una inscripción: es una estrategia de salvaguarda que involucra documentación, talleres comunitarios, diálogos con portadores y la firma de acuerdos que buscan proteger no sólo las reglas del juego, sino a quienes lo han mantenido vivo.
Un juego ancestral que desafió la conquista y sobrevivió al tiempo
El ulama es la versión contemporánea de un juego que se remonta a las civilizaciones mesoamericanas: deporte, rito social y símbolo de identidad. Su práctica tradicional proviene del antiguo ōllamaliztli, juego de pelota con variantes en todo el territorio prehispánico.
En Sinaloa, el ulama se juega en al menos tres modalidades visibles hoy: de antebrazo, de cadera y con mazo, todas con una pelota hecha de hule natural que puede pesar de 500 gramos hasta 4 kilos. Estas versiones no sólo son herencia de la historia, sino también rituales sociales que han definido encuentros comunitarios, celebraciones y formas de comunicación entre poblaciones.

De la comunidad al reconocimiento oficial: retos y estrategias
Para los portadores auténticos del ulama, existe una distinción fundamental entre quién transmite y quién practica: el portador es el heredero directo de las tradiciones, mientras que el practicante es quien aprende de forma externa. Asegurar que la enseñanza recaiga en los primeros es una de las prioridades del programa de salvaguardia.
Pero no todo es ceremonial y simbólico. El camino hacia el reconocimiento formal enfrenta retos logísticos y materiales: recursos limitados para traslados, acceso a materiales de manufactura como el hule natural y la atención de distintas comunidades dispersas. Estos desafíos ilustran la fragilidad de las tradiciones cuando dependen de fuerzas institucionales externas para perdurar.

Un juego: identidad, cohesión y futuro
Los defensores del ulama no hablan sólo de una práctica deportiva, sino de un tejido social capaz de cardar cohesión comunitaria, resiliencia cultural y orgullo regional. El juego actúa como un instrumento de identidad, como una práctica social que sobrevive gracias al compromiso comunitario y a la transmisión intergeneracional.
Convertirlo en Patrimonio Cultural de México no es solamente un título: es construir un puente entre pasado y futuro, entre la vivencia local y el reconocimiento que permite proteger, difundir y celebrar una de las expresiones más antiguas de la cultura viva mexicana.

