El INAH revela alineación solar entre Cuicuilco y la ENAH en el equinoccio

Hay cosas que una ciudad guarda sin saberlo. Trazas en el suelo, ángulos en las fachadas, orientaciones que nadie decidió conscientemente pero que el tiempo —o algo más profundo que el tiempo— se encargó de preservar. En el sur de la Ciudad de México, entre el ruido de Periférico y los volcanes que vigilan el horizonte, existe una de esas cosas: una línea invisible que el sol traza dos veces al año, exactamente al amanecer, conectando una pirámide de dos mil años de antigüedad con los pasillos de una de las escuelas de antropología más importantes de América Latina.

No es metáfora. Es geometría.

Un reciente estudio arqueoastronómico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), encabezado por el investigador Aarón Uriel González Benítez, reveló que la zona arqueológica de Cuicuilco y la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) comparten una alineación casi exacta con el sol en los días del equinoccio de primavera. Dos estructuras separadas por siglos y por metros, pero orientadas —quizás sin que nadie lo planeara— hacia el mismo punto en el horizonte.

Cuicuilco: la ciudad antes de las ciudades

Para entender la dimensión del hallazgo, hay que volver al principio. Cuicuilco es uno de los centros urbanos más antiguos de Mesoamérica. Floreciente entre el 700 a.C. y el siglo I de nuestra era, fue una ciudad de miles de habitantes que se desarrolló en las faldas del Pedregal, al sur de lo que hoy es la capital mexicana, antes de que la erupción del volcán Xitle la sepultara bajo metros de lava. Su pirámide circular —la más conocida— es apenas el vestigio más visible de lo que fue una sociedad sofisticada, con conocimientos astronómicos de una precisión que, siglos después, seguimos apenas comenzando a comprender.

Los pobladores de Cuicuilco no solo miraban al cielo por curiosidad o devoción. Lo hacían con propósitos prácticos y rituales: organizar la agricultura, establecer el calendario, determinar los momentos en que el mundo debía celebrarse o prepararse. La orientación de sus edificios no era aleatoria; respondía a una relación deliberada entre la arquitectura, el paisaje y los ciclos solares.

El cerro Papayo como marcador del tiempo

El estudio del INAH propone que el diseño de Cuicuilco se basó, en parte, en el equinoccio de primavera, específicamente en la alineación del sol naciente sobre el cerro Papayo. El 23 de marzo de 2026, el equipo de González Benítez observó en campo cómo la salida del sol coincidía con este cerro desde los puntos de referencia de la zona arqueológica, en fechas muy cercanas al equinoccio astronómico.

Este fenómeno se inscribe en lo que los investigadores llaman un “equinoccio cultural cuicuilca”: no necesariamente el equinoccio astronómico exacto del 20 o 21 de marzo, sino las fechas en que la cosmovisión de esta civilización marcaba el inicio de periodos calendáricos clave. En el sistema del Cempohuallapohualli —el calendario de 365 días que compartían diversas culturas mesoamericanas—, los equinoccios coincidían con el inicio de las veintenas llamadas tozoztontli y teotleco, momentos de renovación y de fiesta.

Cuicuilco, entonces, no solo era una ciudad. Era un instrumento de medición del tiempo construido a escala urbana.

La ENAH: heredera sin saberlo

Lo que hace verdaderamente singular al hallazgo es lo que ocurre a unos cuantos cientos de metros de las pirámides. Los edificios principales de la Escuela Nacional de Antropología e Historia —incluyendo la Biblioteca Guillermo Bonfil Batalla y la Torre de Investigación— presentan una orientación de entre 89° y 90° acimutales. En términos simples: están orientados casi exactamente hacia el este geográfico. Y el este geográfico es, en los días del equinoccio, el punto exacto donde sale el sol.

La misma orientación se replica en la colonia Isidro Fabela, aledaña a ambos sitios. Lo que González Benítez encontró es que estas construcciones modernas, sin aparente intención astronómica, coinciden de manera notable con la orientación que los arquitectos de Cuicuilco imprimieron en sus monumentos hace dos milenios.

Nadie está afirmando que los urbanistas del siglo XX consultaron a los sacerdotes-astrónomos de Cuicuilco. La hipótesis es más sutil y, en cierto sentido, más fascinante: que algo en la lógica del territorio —la topografía, los cerros en el horizonte, la manera en que la luz entra en ese rincón del valle— pudo haber influido, inconscientemente, en cómo generación tras generación se construyó en este suelo. El paisaje como memoria.

Una identidad que el cielo confirma

Para José Manuel Castillo Hernández, jefe del Departamento de Difusión Cultural de la ENAH, el descubrimiento no es solo académico: es pedagógico e identitario. La escuela que forma a los antropólogos, arqueólogos y etnólogos del país resulta estar, literalmente, alineada con el sitio que estudia. Hay en eso una poética involuntaria que vale la pena celebrar.

El hallazgo abre nuevas preguntas para la investigación: ¿fue la orientación del campus de la ENAH resultado de una decisión urbana que siguió, sin advertirlo, la lógica del lugar? ¿Hay otras construcciones en el sur de la ciudad que repliquen este patrón? ¿Podría rastrearse en la traza urbana de la Ciudad de México una memoria astronómica más vasta, heredada de sus pueblos fundadores?

El legado que camina bajo nuestros pies

México tiene la costumbre de mirar su pasado como si fuera un objeto de vitrina: valioso, frágil, separado del presente por un vidrio grueso. Descubrimientos como este recuerdan que esa distancia es, en buena medida, una ilusión. Que el pasado mesoamericano no está sepultado bajo el asfalto, sino que, en ciertos lugares y ciertos momentos, asoma a la superficie con una claridad asombrosa.

Cada 23 de marzo, el sol sale sobre el cerro Papayo. Lo ha hecho desde antes de que existiera la pirámide, desde antes de que existiera la escuela, desde antes de que alguien pusiera un nombre a este pedazo del mundo. Y cada año, durante unos minutos, ilumina por igual los muros de adobe de Cuicuilco y las ventanas de la ENAH, como si quisiera recordarnos que, bajo distintos nombres y distintas épocas, hemos estado mirando hacia el mismo lugar.