La historia del amaranto en México es, al mismo tiempo, un relato sobre identidad y resistencia. En Santiago Tulyehualco, uno de los pueblos originarios de la Ciudad de México ubicado en la alcaldía Xochimilco, esta planta ancestral ha pasado de ser vista con desconfianza a convertirse en pilar económico y cultural para buena parte de la comunidad.
Durante siglos el amaranto equipado con una enorme riqueza nutricional fue desplazado y apenas consumido, tras el arribo de cristianizadores que rechazaron su uso en ceremonias indígenas. Sin embargo, en Tulyehualco la semilla sobrevivió en la memoria popular y en prácticas culinarias que se reinventaron con el paso del tiempo.
Hoy, cerca de la mitad de las familias de esta localidad sostiene sus ingresos gracias al cultivo y transformación de la planta: el que no lo siembra, lo comercializa o prepara en una de las más de 100 variedades de productos que nacen de ella.
De semilla ancestral a manjar urbano
La planta del amaranto no siempre fue aceptada en el Nuevo Mundo post-conquista. Su uso ritual entre los pueblos originarios la colocaba en un lugar central dentro de ceremonias y ofrendas, algo que fue visto con recelo y marginado durante décadas de la historia colonial.
Con el paso de los años, esta tradición se transformó. Ya no se trataba sólo de ofrendas, sino de alimentos que empezaron a producirse en el ámbito doméstico y comunitario: las alegrías, los churritos, las obleas, las paletas, panes, galletas y una enorme variedad de opciones dulces y saladas basadas en la semilla.
El proceso artesanal inicia desde la cosecha: las semillas se extraen, se limpian y se tuestan hasta que revientan —similar a las palomitas— y están listas para incorporarse a distintas recetas tradicionales y contemporáneas.

Más que un alimento: identidad y economía
Las familias de Tulyehualco han heredado estos saberes de generación en generación. Los mayores enseñan a los jóvenes la siembra, el manejo y la transformación del amaranto, preservando no solo un conocimiento culinario, sino un vínculo social que se traduce en identidad comunitaria y sustento económico.
Para muchos habitantes, la semilla es noble no sólo por sus cualidades nutricionales —rico en proteínas, minerales y vitaminas— sino por la forma en que ha permitido a familias enteras mantenerse y prosperar a través de su comercialización en mercados locales y de la ciudad en general.
Una fiesta de sabores y tradiciones
Cada año, entre enero y febrero, Santiago Tulyehualco celebra la Feria de la Alegría y el Olivo, un evento que reúne a decenas de productores y visitantes en torno a la cultura del amaranto. En la Plaza Quirino Mendoza, se muestran productos tradicionales, presentaciones gastronómicas, artesanías y eventos culturales que exaltan esta tradición culinaria renovada.
La feria no solo es una oportunidad para degustar dulces y botanas únicas, también representa un reconocimiento al valor histórico de este alimento en la vida comunitaria y su importancia como motor de desarrollo local.

