OMA devela su centro de innovación gastro-comunitaria en el Pabellón de Hongos de Casa Wabi

En la costa de Oaxaca, donde el paisaje oscila entre la fuerza del Pacífico y la quietud del desierto, se levanta uno de los proyectos arquitectónicos más sugerentes del momento: el Pabellón de Hongos de Casa Wabi, concebido por la firma internacional OMA. Más que un edificio, se trata de un experimento espacial que pone en diálogo la arquitectura contemporánea con prácticas ancestrales como el cultivo de alimentos y la vida comunitaria.

Casa Wabi, fundada por el artista Bosco Sodi, ha sido desde sus inicios un territorio donde el arte se expande más allá de los muros. En este contexto, el nuevo pabellón no aparece como una pieza aislada, sino como una extensión natural de su filosofía: integrar creación, naturaleza y comunidad. El resultado es un centro de innovación gastro-comunitaria que replantea cómo habitamos, producimos y compartimos el alimento.

Este proyecto marca además un momento clave: es la primera obra construida de OMA en México, liderada por el arquitecto Shohei Shigematsu, quien ha apostado por una arquitectura que no solo se contempla, sino que se vive y se cultiva.

Un espacio que cultiva más que alimentos

A primera vista, el pabellón sorprende por su forma elipsoidal, casi orgánica, como si hubiera emergido del terreno. Su diseño responde a una lógica precisa: crear las condiciones ideales para el cultivo de hongos mientras se habilita un espacio de encuentro humano.

En su interior, una cúpula alberga tres áreas fundamentales —incubación, fructificación y almacenamiento— organizadas alrededor de un espacio central que funciona como foro o punto de reunión. Este corazón abierto, iluminado por un óculo superior, convierte el acto de cultivar en una experiencia colectiva, visible y compartida.

Más que ocultar los procesos, el pabellón los exhibe: los hongos crecen en vasijas de barro hechas por artesanos locales, dispuestas en gradas que recuerdan a un pequeño anfiteatro. Así, la arquitectura se transforma en un escenario donde la naturaleza, el tiempo y el trabajo humano dialogan constantemente.

Arquitectura que respira con el entorno

Uno de los mayores aciertos del proyecto es su sensibilidad hacia el entorno. La estructura de concreto, marcada con texturas de arpillera, no es estática: está pensada para interactuar con el clima, absorber la humedad y transformarse con el paso del tiempo.

El diseño minimiza su impacto en el terreno, permitiendo que la vegetación continúe su curso natural alrededor del pabellón. Incluso elementos del paisaje, como árboles nativos, se integran sin ser desplazados. Este enfoque revela una intención clara: no imponer arquitectura, sino integrarla.

Además, la ventilación cruzada y la entrada de luz natural no solo favorecen el crecimiento de los hongos, sino que crean un ambiente habitable, donde la experiencia sensorial —la temperatura, la luz, el olor de la tierra— forma parte esencial del recorrido.

Un laboratorio social en clave gastronómica

Más allá de su función agrícola, el pabellón opera como un laboratorio social. Aquí, el cultivo de hongos se convierte en una herramienta pedagógica y comunitaria: un medio para compartir ცოდ, generar vínculos y explorar nuevas formas de alimentación sostenible.

La cercanía con la cocina de Casa Wabi refuerza esta idea: lo que se cultiva no es solo un insumo, sino parte de una narrativa que conecta territorio, gastronomía y cultura. En ese sentido, el proyecto propone una pregunta esencial: ¿puede la arquitectura ser un agente activo en la transformación de nuestras formas de convivir?

OMA responde con una estructura que no solo alberga actividades, sino que las provoca. Un espacio donde el alimento deja de ser un producto y se convierte en proceso, en experiencia, en comunidad.

Donde el futuro se cultiva lentamente

En tiempos donde la velocidad define casi todo, el Pabellón de Hongos propone lo contrario: detenerse, observar, esperar. Cultivar.

Este nuevo nodo dentro de Casa Wabi no busca imponerse como ícono, sino como un organismo vivo que evoluciona con su entorno. Un recordatorio de que el futuro de la arquitectura —y quizás también el de la gastronomía— no está en lo espectacular, sino en lo esencial: la tierra, el tiempo y las relaciones humanas.