México y el Cinturón de Fuego: qué tan vulnerables somos ante un gran terremoto

Cinturón de Fuego del Pacífico: ¿México puede sufrir un megaterremoto como el de Colombia o los de Venezuela?

El terremoto que sacudió Colombia con magnitud 7.4 volvió a poner sobre la mesa una pregunta que en México suele aparecer cada vez que la tierra tiembla con fuerza: ¿podría ocurrir aquí un terremoto de dimensiones similares? La respuesta corta es sí, México tiene condiciones geológicas capaces de producir sismos muy fuertes. Pero hay una diferencia fundamental entre reconocer ese peligro y afirmar que un gran terremoto está por suceder. La ciencia no puede predecir con precisión el día, la hora ni la magnitud de un terremoto.

El movimiento ocurrido en Colombia dejó decenas de personas muertas y daños importantes en viviendas, iglesias y otras construcciones, convirtiéndose en un nuevo recordatorio de la enorme energía que puede liberar la Tierra. El fenómeno también volvió a dirigir la atención hacia el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, una gigantesca región tectónica que concentra buena parte de la actividad sísmica y volcánica del planeta.

México forma parte de ese inmenso escenario geológico. La costa del Pacífico mexicano se encuentra frente a una zona donde varias placas tectónicas interactúan, entre ellas las placas de Cocos, Rivera, Pacífico, Norteamérica y Caribe. Esa dinámica explica por qué estados como Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Michoacán, Colima y Jalisco registran una actividad sísmica considerable.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente si México puede experimentar un terremoto de gran magnitud. Sí puede. La pregunta más importante es qué significa vivir sobre un territorio tectónicamente activo y cuánto hemos aprendido para reducir sus consecuencias.

Un anillo que rodea al Pacífico

El Cinturón de Fuego del Pacífico es una enorme franja geológica de aproximadamente 40 mil kilómetros que rodea buena parte de la cuenca del océano Pacífico. Su nombre puede parecer propio de una novela de aventuras, pero describe una de las regiones más dinámicas de la Tierra.

En este espacio se concentra más del 90 por ciento de los terremotos registrados en el planeta y alrededor del 75 por ciento de los volcanes activos. Desde las costas de América hasta Japón, Indonesia y Nueva Zelanda, la corteza terrestre se encuentra marcada por el encuentro y desplazamiento de enormes placas tectónicas.

No se trata de una línea que pueda observarse sobre el mapa como una frontera convencional. Es, en realidad, una gigantesca zona de interacción geológica. Debajo de nuestros pies, bloques inmensos de la corteza terrestre se desplazan lentamente, acumulando tensiones que en determinados momentos pueden liberarse de manera súbita.

¿Cómo nace un terremoto?

Una de las palabras fundamentales para entender los grandes terremotos es subducción. El fenómeno ocurre cuando una placa tectónica se introduce por debajo de otra y comienza a descender hacia las capas profundas de la Tierra.

El proceso es extraordinariamente lento comparado con la vida humana. Las placas pueden desplazarse apenas unos centímetros al año, pero esa pequeña distancia, acumulada durante décadas o siglos, puede representar una enorme cantidad de energía almacenada.

Cuando las rocas ya no pueden resistir la tensión acumulada, una zona de la corteza puede romperse o desplazarse bruscamente. La energía liberada viaja en forma de ondas sísmicas y puede sentirse a cientos de kilómetros del lugar donde comenzó la ruptura.

Por eso un terremoto puede resultar tan desconcertante. Durante años, incluso durante generaciones, el paisaje parece inmóvil. Luego, en cuestión de segundos, la tierra puede moverse con una fuerza que ningún edificio, carretera o infraestructura humana puede detener.

¿Qué tiene que ver Colombia con México?

Aunque Colombia no se encuentra completamente sobre la franja principal del Cinturón de Fuego, su territorio forma parte de una región donde convergen varias placas tectónicas. Entre ellas están la placa de Nazca, la placa Sudamericana y la placa del Caribe.

Esa interacción convierte al país sudamericano en una zona de actividad sísmica constante. De acuerdo con los datos citados por el Servicio Geológico Colombiano, Colombia registra alrededor de 2 mil 500 sismos al mes, aunque la enorme mayoría son de magnitud baja y pasan inadvertidos para la población.

Esto es importante porque desmonta una idea frecuente después de un terremoto: un gran sismo no significa que otro país cercano esté a punto de experimentar uno igual. Los terremotos no funcionan como una cadena de dominó en la que un movimiento necesariamente provoca otro al otro lado del continente.

Entonces, ¿México puede tener un terremoto de magnitud 7 o mayor?

Sí. México tiene capacidad tectónica para producir terremotos de gran magnitud. No es una posibilidad remota ni una hipótesis puramente teórica. La historia sísmica del país lo demuestra.

Uno de los principales escenarios se encuentra frente a las costas del Pacífico, donde la placa de Cocos se introduce por debajo de la placa de Norteamérica. Ese proceso de subducción es responsable de buena parte de los grandes terremotos que han afectado al territorio mexicano.

México tiene además una memoria sísmica que forma parte de su identidad contemporánea. Los terremotos de 1985 y 2017 dejaron profundas huellas en distintas regiones del país y demostraron que la magnitud de un sismo no es el único factor que determina sus consecuencias.

Importan también la profundidad, la distancia al epicentro, el tipo de suelo, la calidad de las construcciones, la densidad urbana y la preparación de la población. Un terremoto puede ser extraordinariamente fuerte y causar daños relativamente contenidos en una región, mientras otro de menor magnitud puede resultar devastador si ocurre cerca de una ciudad densamente poblada y sobre terrenos particularmente vulnerables.

El suelo también importa

Hay una razón por la que algunos terremotos pueden sentirse con especial intensidad en determinadas ciudades. El suelo puede amplificar las ondas sísmicas y modificar considerablemente la manera en que un movimiento se percibe en la superficie.

La Ciudad de México ofrece uno de los ejemplos más conocidos. Buena parte de la capital fue construida sobre antiguos depósitos lacustres, cuyos materiales pueden amplificar ciertas ondas producidas por un terremoto.

Por eso la distancia al epicentro no cuenta toda la historia. La naturaleza del terreno, las características de las construcciones y la propia estructura urbana pueden determinar qué tan fuerte se siente un movimiento y cuáles serán sus consecuencias.

¿Puede saberse cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto?

Aquí está quizá la parte más importante de toda esta historia: no existe actualmente un método científico capaz de decir exactamente cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto.

Los especialistas pueden estudiar las fallas, analizar la actividad sísmica histórica, identificar regiones de mayor peligro y construir modelos para comprender cómo se comportan las placas. También pueden desarrollar sistemas de alerta que proporcionan unos segundos de ventaja en determinadas circunstancias.

Pero una alerta sísmica no predice un terremoto. Detecta un movimiento que ya comenzó y puede avisar antes de que las ondas más destructivas lleguen a determinadas zonas.

Por eso, el terremoto de Colombia no significa que México esté a punto de experimentar un movimiento de magnitud similar. No existe una base científica para establecer esa relación directa. Lo que sí demuestra es algo mucho más amplio: las placas tectónicas continúan moviéndose y los grandes terremotos forman parte de la dinámica natural del planeta.

México no necesita vivir con miedo

Hablar de terremotos no debería convertirse en un ejercicio de adivinación ni en una fuente permanente de angustia. La prevención tiene mucho más valor que intentar descubrir una fecha imposible de conocer.

Tener una mochila de emergencia, identificar las zonas de menor riesgo, conocer las rutas de evacuación, revisar periódicamente las condiciones estructurales de una vivienda y establecer un plan familiar de emergencia son medidas sencillas que pueden marcar una diferencia enorme cuando la tierra comienza a moverse.

También es importante comprender que un terremoto no necesariamente se convierte en una tragedia. La naturaleza determina la fuerza del movimiento, pero la vulnerabilidad de una sociedad depende en buena medida de las decisiones que toma antes de que ocurra.

Una tierra que nunca está completamente quieta

Desde la superficie, México parece sólido, permanente, casi inmóvil. Pero debajo de ese paisaje existe un planeta en movimiento constante. Las montañas, los volcanes, las costas y hasta algunas de las grandes formas del territorio son resultado de procesos geológicos que llevan millones de años transformando la superficie terrestre.

El Cinturón de Fuego del Pacífico no es una advertencia sobre un terremoto que necesariamente viene. Es el mapa de un planeta que permanece geológicamente vivo.

El terremoto de Colombia vuelve a recordarnos esa realidad, pero no ofrece una fecha para el próximo gran movimiento mexicano. Nadie puede decir cuándo llegará. Lo que sí sabemos es que México es un país sísmico, que los grandes terremotos forman parte de su historia y que la mejor respuesta ante esa incertidumbre no es el miedo, sino la preparación.

Porque la tierra seguirá moviéndose. La diferencia está en qué tan preparados estaremos cuando vuelva a hacerlo.