De cuando la bandera de EE.UU. ondeó en el Zócalo de CDMX durante 9 meses

El día en que el Zócalo dejó de ser México.

Hay episodios que no desaparecen: se esconden. Permanecen en la memoria colectiva como una especie de eco incómodo, algo que no siempre se cuenta en voz alta, pero que sigue ahí, latiendo bajo la historia oficial. Uno de ellos ocurrió en 1847, cuando el corazón político de México dejó de pertenecerle por un tiempo.

La escena es difícil de imaginar hoy: el Zócalo de la Ciudad de México, ese espacio donde convergen celebraciones, protestas y ceremonias nacionales, ocupado por un ejército extranjero. No se trató de una incursión breve ni simbólica. Fue una ocupación real, prolongada, tangible. Y tuvo un gesto contundente: la bandera de Estados Unidos ondeando en el Palacio Nacional.

Para entender ese momento hay que retroceder al conflicto que lo hizo posible. La guerra entre México y Estados Unidos, iniciada en 1846, no fue una disputa menor: fue una intervención que terminó por redefinir el mapa del continente. Tras una serie de derrotas militares, el avance estadounidense siguió la ruta que siglos antes había recorrido Hernán Cortés: desde Veracruz hasta la capital.

La mañana en que cambió el país

El 14 de septiembre de 1847, apenas un día después de la caída del Castillo de Chapultepec, las tropas estadounidenses entraron a la Ciudad de México. La capital estaba en estado de shock: sin un gobierno efectivo, con la población dividida entre el miedo y la indignación, y con los restos del ejército mexicano dispersos.

Esa mañana, la escena fue tan simbólica como brutal. Los soldados se formaron frente al Palacio Nacional y, en un acto cuidadosamente coreografiado, izaron su bandera. No era solo un gesto militar: era una declaración de dominio.

Pero la ciudad no permaneció en silencio. Desde azoteas y calles, civiles armados con lo que tenían a la mano —piedras, cuchillos, palos— comenzaron a resistir. Aquella ocupación no fue pasiva: fue un territorio en tensión constante, donde la vida cotidiana coexistía con el resentimiento y la resistencia popular.

El origen del conflicto

La guerra de México y EE.UU. (1845-1848) tuvo sus raíces en la disputa por Texas, el territorio mexicano que declaró su independencia con apoyo de Washington en 1836 y que nueve años después fue anexado como estado.

México nunca reconoció la separación y entró en conflicto con su vecino, que por entonces puso en marcha el “Destino Manifiesto”, la ideología política con alusiones divinas que profesaba que la república norteamericana estaba llamada a expandirse.

James K. Polk acababa de ser electo presidente de EE.UU. y tenía como uno de sus grandes objetivos expandir el territorio estadounidense. Y ante el rechazo de México de vender Nuevo México y California por US$30 millones, lanzó una provocación armada en una región el sur de Texas (que México defendía como suya).

Para Polk no era así: “Sangre estadounidense ha sido derramada en suelo estadounidense”, dijo ante el Congreso de EE.UU. al pedir la autorización de la guerra, en marzo de 1846.

Consiguió una fuerza de 50.000 personas, pero Terrazas recuerda que aquel ejército estadounidense no era el de la superpotencia mundial del siglo XX.

“De 50.000 que vienen a la ocupación, solo 5.500 son parte del ejército. Los demás son voluntarios. Es la gente que recién llega a EE.UU. y que quieren la nacionalidad y van a la guerra para demostrar su lealtad. De clases sociales más bajas que los soldados regulares”, explica.

Una litografía de una batalla en la guerra entre México y EE.UU.
Pese a que México tenía un ejército mejor formado en ese momento, EE.UU. sacó ventaja de las divisiones internas del país.

México tenía más preparación militar. Tal es así que diplomáticos británicos apostados en el país consideraban que este “aplastaría” a los estadounidenses, según decían sus comunicaciones de entonces.

Pero el desorden político económico y división social jugaron muy en contra de la causa mexicana.

“Las fuerzas mexicanas tienen mandos militares con experiencia, con formación, pero el 80% de sus integrantes se logran por leva. Es decir, cuando llegan a las poblaciones y a los jóvenes, a fortiori, se los llevan”, señala Terrazas.

Pero en esa época, la división étnica del país también era un factor de fragmentación, pues el grueso de la población (alrededor de 70%) era de origen indígena, que no sentía identidad con el país como tal.

“Ellos asocian como explotador a los dueños de las haciendas, de los ranchos, de las minas. Defenderlos debió resultarles muy difícil”, explica Terrazas.

Caída tras caída hasta Ciudad de México

Los estadounidenses lograron victoria tras victoria en los frentes del norte y del Golfo de México, con el desembarco clave en el puerto de Veracruz por parte del general Scott.

En septiembre de 1847 se dieron las batallas por la capital en Lomas de Padierna, Churubusco, Molino del Rey y la icónica lucha de los “Niños Héroes” mexicanos por el Castillo de Chapultepec.

Pero nada detuvo a los estadounidenses: al amanecer del 14 de septiembre marcharon hacia el centro de Ciudad de México y tomaron el Palacio Nacional y su plaza central, llamada después Zócalo, donde izaron la bandera de las barras y las estrellas en una escena humillante para México.

“Vi en este momento desgraciado mi reloj y eran las siete y cinco minutos de la mañana”, anotó el editor y litografista Abraham López en ese entonces.

Entre las litografías de la época hay una que muestra a una mujer asomada en un balcón mirando la llegada de las tropas invasoras.

“Esa imagen es muy simbólica: a la gente de la Ciudad de México le genera muchos sentimientos encontrados la entrada de las tropas. Desde luego temor, azoro, pero también curiosidad”, señala Terrazas.

Fragmento de una ilustración de la toma de Ciudad de México por parte de EE.UU., con dos mujeres mirando entre una cortina desde un balcón
Fragmento de una ilustración de la toma de Ciudad de México por parte de EE.UU., con dos mujeres mirando entre una cortina desde un balcón

Tras la toma de la ciudad, hubo algunos grupos de resistencia, pero sin muchas oportunidades. Uno de ellos era el de los “léperos”, como eran llamados despectivamente los hombres de la clase más baja.

Con las pocas armas que consiguieron, incluidas piedras, intentaron defender la ciudad, pero para el día 16 ya los estadounidenses se habían librado de cualquier oposición.

Terrazas explica que cuando se pide en Ciudad de México que los otros estados manden contingentes, la respuesta es negativa “porque las milicias locales están para defender los estados”.

“Pedir patriotismo era difícil, porque la unidad nacional no correspondía a un país en formación”, señala sobre las grandes diferencias regionales, de clase y étnicas que había en México.

“Entre los mexicanos había tales enfrentamientos, sobre todo en los sectores políticos, que llegó un momento que el ministro de Guerra Luis de la Rosa dice que hay más gente luchando contra otros mexicanos que luchando contra los invasores”, añade Terrazas.

El gobierno mexicano y parte del Ayuntamiento de Ciudad de México se trasladaron a la ciudad de Querétaro, dejando a los capitalinos a disposición de los estadounidenses.

Una litografía de la batalla de Chapultepec, en la guerra de México y EE.UU.
La batalla de Chapultepec fue la última resistencia antes de la ocupación de Ciudad de México por parte de EE.UU. De ella surgió el relato nacionalista mexicano de “los Niños Héroes”

Nueve meses bajo otra sombra

Lo que siguió no fue una retirada inmediata. La bandera estadounidense no estuvo ahí solo un día, ni una semana. Permaneció en el Zócalo durante aproximadamente nueve meses, como un recordatorio diario de la derrota.

Durante ese periodo, la capital vivió una especie de suspensión histórica. La presencia extranjera transformó dinámicas sociales, económicas e incluso culturales. La moneda, el idioma y las reglas comenzaron a mezclarse en las calles, generando una sensación de extrañeza: México seguía siendo México, pero no del todo.

Ese lapso culminó con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, que no solo puso fin a la guerra, sino que formalizó una de las pérdidas territoriales más grandes en la historia del país. Más de la mitad del territorio mexicano pasó a manos estadounidenses.

Una imagen que no se olvida

Hoy, el Zócalo es símbolo de soberanía. Ahí ondea una de las banderas más grandes del país, reafirmando una identidad que ha sobrevivido a múltiples crisis. Pero esa imagen actual convive con otra, mucho más incómoda: la de una bandera ajena ocupando el mismo espacio.

Recordar ese episodio no es un ejercicio de nostalgia ni de derrota, sino de contexto. La historia de México no solo se construye con triunfos, sino también con los momentos que obligaron a redefinir lo que significa resistir.

Porque, aunque aquella bandera permaneció nueve meses, lo que no logró ocupar fue algo más profundo: la idea de país.