Hay maneras de celebrar a la muerte y luego está la muy mexicana costumbre de vestirla de gala, ponerle flores y hacerla bailar entre los vivos. Este Día de Muertos, la Ciudad de México llevará esa idea a una escala descomunal con una Catrina de 32 metros de altura, protagonista de la Ofrenda Monumental del Zócalo 2026, que buscará establecer un nuevo récord mundial para esta figura.
Del 29 de octubre al 2 de noviembre, la Plaza de la Constitución se convertirá en un escenario donde convivirán arte popular, ingeniería, textiles mexicanos, iluminación y tradición. La monumental dama no llegará sola: estará acompañada por un campo de cempasúchil, esculturas de ajolotes intervenidas por artistas y una iluminación especial que vestirá de fiesta el corazón de la capital.

Pero la verdadera sorpresa está en los detalles. Sus huesos se iluminarán desde el interior, su vestido tendrá dimensiones extraordinarias y sus bordados reinterpretarán motivos del arte textil mexicano. Detrás de semejante esqueleto de lujo está el Taller de Arte Xibalbá, un colectivo que reúne a artistas, artesanos, arquitectos e ingenieros para demostrar que las tradiciones mexicanas también pueden mirar hacia el futuro.
Una Catrina de 32 metros para mirar a la muerte a los ojos
En México, la muerte tiene muchas caras: puede ser una calavera de azúcar, una figura de cartón, una canción de cantina o una visita que llega cada noviembre entre fotografías y flores anaranjadas. En el Zócalo, este año tendrá el porte de una Catrina monumental de 32 metros, concebida como pieza central de una de las celebraciones públicas más esperadas de la temporada.
La escultura busca superar la marca de una Catrina de aproximadamente 28 metros instalada en Puerto Vallarta, que hasta ahora ostenta el récord de altura. La intención de la capital es llevar la figura a una nueva dimensión y convertirla en un homenaje a José Guadalupe Posada, el grabador mexicano que dio vida a la calavera elegante que hoy forma parte del imaginario nacional.
La Catrina de Posada nació como una crítica mordaz a las apariencias y a quienes pretendían renegar de sus raíces para adoptar las costumbres de las élites. Con el paso del tiempo, aquella calavera de sombrero sofisticado se convirtió en un símbolo cultural capaz de atravesar generaciones, escapar de los grabados y aparecer en altares, desfiles, pinturas y celebraciones populares.
Esta nueva interpretación conserva ese espíritu burlón, aunque cambia la escala. Treinta y dos metros de altura no son poca cosa: es como si una figura salida de un taller de cartonería decidiera dejar de posar para una estampa y reclamar su lugar entre los edificios del Centro Histórico.
Huesos luminosos: cuando la ingeniería también tiene alma
Para levantar una figura de estas dimensiones no basta con tener una buena idea y suficiente cartón. Hace falta calcular, construir y encontrar la manera de que cada pieza se sostenga con seguridad sin perder su vocación artística. Por eso, la monumental Catrina combina acero, fibra de vidrio, textiles y luces LED en una estructura donde la técnica y la imaginación trabajan codo a codo.
Uno de sus rasgos más llamativos serán sus huesos iluminados desde el interior. Fabricados con fibra de vidrio, funcionarán como grandes superficies luminosas que harán resplandecer la anatomía de la figura durante la noche. El resultado promete una silueta que parecerá encenderse desde sus propias entrañas, como si la muerte hubiera encontrado una nueva manera de hacerse notar.

La joyería también formará parte del diseño, con elementos elaborados en fibra de vidrio que acompañarán el conjunto. Cada componente deberá cumplir una doble función: contribuir a la apariencia de la escultura y responder a las exigencias de una instalación monumental en un espacio público.
El proyecto está a cargo del Taller de Arte Xibalbá, dirigido por Carlos Báez, cuyo equipo combina conocimientos de construcción con oficios artísticos. La obra deja ver algo fundamental sobre el arte público: detrás de una imagen que parece surgir por arte de magia hay horas de trabajo, pruebas, cálculos y manos que saben convertir materiales comunes en algo extraordinario.
Un vestido de 27 metros inspirado en los bordados de Tenango
Si los huesos serán el espectáculo de la estructura, el vestido será su gran declaración de estilo. La Catrina llevará una pieza textil de aproximadamente 27 metros de longitud, diseñada por Karina Ramírez Aparicio, subdirectora del Taller de Arte Xibalbá y responsable del vestuario.
El diseño contempla un vestido de sirena ajustado a la figura, seguido por holanes y un faldón de gran longitud. Su color morado y sus motivos decorativos toman inspiración del arte textil de Tenango, reconocible por sus composiciones de flores, animales y figuras orgánicas que parecen crecer unas entre otras.
En esta versión monumental, los motivos florales y los colibríes estarán acompañados por elementos luminosos bordados con luces LED. También habrá franjas blancas que funcionarán como superficies de iluminación, incorporando flores y otros diseños al juego de luz.
La confección exige trabajar por partes para después ensamblar el vestido sobre la estructura. El bordado, por su parte, requiere paciencia y precisión: las mangueras luminosas se sujetan a mano con hilo y aguja para dar forma a las figuras que brillarán una vez instalada la pieza.
Hay algo especialmente atractivo en esta combinación. La tecnología no sustituye al oficio artesanal, sino que se pone a su servicio. El bordado se convierte en luz, el hilo dibuja sobre una superficie monumental y el vestido recupera la tradición textil desde una escala inesperada. Una Catrina puede llevar joyas, flores y un guardarropa de fantasía; esta, además, llevará el trabajo minucioso de un equipo entero.
Cempasúchil, ajolotes y un Zócalo convertido en ofrenda
La gran Catrina será el rostro de una instalación que busca convertir la plancha del Zócalo en un paisaje de flores, símbolos mexicanos y arte comunitario. A su alrededor se dispondrá un campo de aproximadamente 100 mil plantas de cempasúchil, adquiridas a productores del Suelo de Conservación de la capital.
La flor naranja, que cada año perfuma mercados, patios y calles, tiene un lugar especial en las celebraciones de Día de Muertos. Su color intenso evoca el sol y, dentro de la tradición de las ofrendas, sus pétalos ayudan a señalar el camino simbólico para recibir a quienes regresan a visitar a sus seres queridos.
También habrá ajolotes intervenidos por artistas y colectivos culturales, que sumarán una mirada contemporánea a la instalación. Este anfibio, ligado a los canales de Xochimilco y a la riqueza biológica de México, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la cultura visual reciente del país.
La propuesta se completa con iluminación decorativa en los edificios que rodean la plaza. De esta manera, la experiencia no se limitará a contemplar una escultura: será un recorrido por distintas expresiones de la identidad mexicana, desde el trabajo artesanal hasta las instalaciones artísticas que dialogan con el espacio público.
La Ofrenda Monumental reunirá así varios lenguajes visuales sin perder de vista su sentido principal: recordar, celebrar y mantener viva la relación de México con sus muertos.
Del taller al Zócalo: las manos detrás de la tradición
Las grandes instalaciones del Centro Histórico suelen atraer todas las miradas, pero su historia comienza mucho antes de que el público levante el teléfono para tomar una fotografía. En este caso, una parte importante de esa historia se encuentra en los talleres y colectivos artísticos que han contribuido a construir la tradición monumental de la capital.
Carlos Báez formó parte del grupo de artesanos vinculados con la Fábrica de Artes y Oficios (FARO) de Oriente que participó en la primera Ofrenda Monumental del Zócalo, en 2005. Aquellas primeras piezas recurrieron a técnicas de cartonería que, con los años, dieron paso a proyectos cada vez más complejos y a equipos especializados en estructuras de gran formato.
La trayectoria del Taller de Arte Xibalbá refleja esa evolución. La cartonería, el modelado y el trabajo manual conviven ahora con cálculos estructurales, nuevos materiales y sistemas de iluminación. La tradición no permanece inmóvil: se transforma con cada generación de creadores que encuentra una manera distinta de contar las mismas historias.
También importa el origen de estos proyectos. Muchos de los artistas y colectivos que participan en las festividades de Día de Muertos provienen de distintas zonas de la ciudad, incluidas comunidades de la periferia. Su trabajo recuerda que la cultura mexicana no se produce únicamente en los grandes recintos, sino también en talleres, barrios y espacios comunitarios donde los oficios se transmiten y reinventan.
Día de Muertos: una tradición que no necesita disfrazarse de otra cosa
La celebración mexicana de los muertos tiene una capacidad singular para reunir elementos que, en otros contextos, podrían parecer opuestos. Hay solemnidad y fiesta, duelo y humor, memoria y espectáculo. Una calavera puede recordarnos nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, llevar un sombrero elegante para reírse de quienes creen que el dinero o la apariencia los vuelve inmortales.
En los últimos años, el crecimiento de las celebraciones urbanas ha llevado estas expresiones a plazas, avenidas y espacios culturales. El reto consiste en hacerlas accesibles a públicos diversos sin perder de vista los saberes de las comunidades que las mantienen vivas. Los pueblos originarios, los artesanos y las tradiciones locales son parte esencial de esa continuidad, mucho antes de que las calaveras se conviertan en tendencia o aparezcan en escaparates.
La Catrina monumental del Zócalo participa de esa conversación. Su tamaño responde al deseo de crear un espectáculo capaz de convocar a miles de personas, pero su identidad se construye con referencias reconocibles: Posada, los bordados mexicanos, el cempasúchil y los oficios que han dado forma a las celebraciones populares.
Y quizá ahí está su mejor acierto. Una figura de 32 metros puede llamar la atención por sus dimensiones, pero lo que le da sentido es todo aquello que representa. La tecnología puede encender sus huesos; la tradición es la que le da rostro.
¿Cuándo y dónde visitar la Catrina monumental del Zócalo?
Si quieres conocer a la nueva dama monumental de la capital, conviene tener a la mano los datos de la instalación.
- Lugar: Zócalo de la Ciudad de México, Plaza de la Constitución.
- Fechas: del 29 de octubre al 2 de noviembre de 2026.
- Altura de la Catrina: 32 metros.
- Entrada: gratuita.
- Recomendación: visitarla por la noche para apreciar mejor los huesos luminosos, el vestido bordado con LED y la iluminación de la instalación.
La celebración también se vincula con el Gran Desfile de Día de Muertos, que culminará en el Zócalo el 31 de octubre. Si planeas asistir, vale la pena consultar los avisos oficiales sobre accesos, movilidad y actividades para organizar el recorrido.

La Ofrenda del Zócalo será una oportunidad para mirar de cerca el trabajo de artistas y artesanos que convierten materiales, técnicas y símbolos en una experiencia colectiva. También será una celebración de la capacidad mexicana para reinterpretar su patrimonio sin dejar de reconocer de dónde viene.
Del 29 de octubre al 2 de noviembre, la Catrina buscará conquistar el récord mundial y encender el Zócalo con su esqueleto luminoso. Pero su mayor logro podría ser otro: recordarnos que, en México, hasta la muerte puede vestirse de gala, bordarse con flores y salir a bailar bajo las luces de la ciudad.


