De un comal callejero a las estrellas de Hollywood: esta es la historia de El Taquito

En 1917 empezó vendiendo antojitos en un puesto de la calle del Carmen; hoy El Taquito es la taquería más antigua de CDMX, que fue visitada por Cantinflas y Marilyn Monroe.

En una ciudad donde las historias suelen contarse alrededor de una mesa, hay restaurantes que terminan convirtiéndose en parte de la memoria colectiva. El Taquito es uno de ellos: comenzó con un pequeño puesto de antojitos en la calle del Carmen, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y terminó recibiendo a figuras como Marilyn Monroe, Cantinflas y María Félix. Su historia arrancó en 1917, cuando una pareja apostó por el sabor de la cocina mexicana, sin imaginar que aquel modesto negocio sobreviviría a generaciones enteras.

Mucho antes de que sus paredes se llenaran de fotografías de celebridades, de que políticos y artistas ocuparan sus mesas y de que su nombre se volviera parte del anecdotario gastronómico capitalino, El Taquito fue un negocio familiar sostenido por un anafre, un comal y el sazón de una mujer. Una historia que demuestra que, en México, algunos de los grandes legados comienzan con algo tan sencillo como poner comida caliente al alcance de quien tiene hambre.

Todo comenzó con Conchita y un comal

A principios del siglo XX, Marcos Guillén y Concepción Rioja, conocida cariñosamente como Conchita, emprendieron un pequeño negocio de recaudería en el Centro Histórico. Para complementar las ventas, Marcos le propuso a su esposa preparar antojitos mexicanos. La idea parecía sencilla, pero el resultado cambiaría el destino de la familia.

Con un anafre y un comal, Conchita comenzó a preparar sopes, pambazos, quesadillas de papa, queso y flor de calabaza, además de tacos de lengua y carnitas. Era cocina sin pretensiones, de esa que no necesita discursos para convencer: basta el primer bocado para entenderlo todo. El aroma hizo su trabajo y los clientes comenzaron a llegar.

El éxito de aquellos antojitos permitió que la pareja diera el siguiente paso. En 1923, el negocio consiguió establecerse formalmente como restaurante, bajo el nombre de Restaurante Taurino El Taquito. Marcos era aficionado a la tauromaquia, una pasión que acabaría definiendo parte de la identidad del lugar, desde su nombre hasta su decoración.

Así, entre platos humeantes y una clientela cada vez más numerosa, nació un establecimiento que atravesaría el siglo XX sin desprenderse de sus raíces populares. La fórmula tenía algo profundamente chilango: buena comida, hospitalidad y un espacio donde las diferencias sociales podían quedar, al menos durante la sobremesa, del otro lado de la puerta.

Cuando las estrellas también tenían antojo

Con el paso de las décadas, El Taquito dejó de ser únicamente un restaurante concurrido del Centro Histórico para convertirse en un punto de encuentro de personajes que marcaron la cultura mexicana y mundial. Sus mesas recibieron a artistas, toreros, periodistas, deportistas y figuras de la política, mientras la fama del lugar crecía al ritmo de una ciudad que nunca ha sabido comer con discreción.

Entre sus visitantes más recordados figuran Mario Moreno Cantinflas, Marilyn Monroe, María Félix y Diego Rivera. Imaginar a estas personalidades compartiendo el mismo espacio donde generaciones de capitalinos iban a disfrutar unos tacos tiene un encanto particular: por un momento, la historia deja de parecer un asunto de libros y adquiere el sabor de una sobremesa.

La presencia de Marilyn Monroe resulta especialmente llamativa. La estrella de Hollywood, convertida en uno de los grandes símbolos del cine del siglo XX, forma parte de las anécdotas que rodean al restaurante. Cantinflas, por su parte, representa un vínculo entrañable con la cultura popular mexicana: un artista que hizo del ingenio callejero, la picardía y el lenguaje cotidiano una forma de conquistar al mundo.

El Taquito no necesitó alfombra roja para recibir a sus celebridades. Su escenario era otro: platos al centro, conversaciones cruzadas y el bullicio característico de un restaurante que entendía la hospitalidad como una forma de arte.

Un museo de la memoria mexicana

Quien conoce la historia de El Taquito sabe que sus paredes cuentan casi tanto como su cocina. A lo largo de los años, el restaurante reunió una amplia colección de fotografías, recuerdos y testimonios de sus visitantes, hasta convertirse en una especie de álbum familiar de la vida pública mexicana.

En sus imágenes conviven figuras del cine de oro, personalidades de la tauromaquia, deportistas y personajes de distintas épocas. Cada fotografía parece guardar una pequeña escena fuera de cuadro: una conversación, una visita inesperada o una comida que terminó convirtiéndose en anécdota.

Esa colección también explica por qué el restaurante ocupa un lugar singular dentro de la gastronomía capitalina. No se trata únicamente de preservar recetas, sino de conservar las historias que sucedieron alrededor de ellas. En una ciudad que cambia de rostro a una velocidad vertiginosa, esos recuerdos funcionan como una ventana hacia otras épocas.

La tradición taurina, heredada de Marcos Guillén, también forma parte de su identidad histórica. El Taquito fue mucho más que una taquería en el sentido contemporáneo del término: llegó a ser un restaurante temático y un punto de reunión para aficionados, artistas y personalidades que encontraban ahí un lugar propio.

La despedida de la calle del Carmen

Durante más de un siglo, la calle del Carmen fue el escenario de esta historia. Ahí creció el negocio familiar, se multiplicaron sus clientes y se construyó una reputación que terminó por trascender las fronteras del barrio. Sin embargo, ni siquiera los lugares legendarios son inmunes a los cambios de la ciudad.

En septiembre de 2024, El Taquito cerró su emblemático local del Centro Histórico y trasladó sus operaciones a la colonia San José Insurgentes, en la alcaldía Benito Juárez. Las dificultades para acceder al establecimiento, los cierres de calles y las condiciones comerciales de la zona habían afectado seriamente la actividad del restaurante.

La mudanza marcó el final de una etapa, pero no el de la historia. Parte de su colección de recuerdos y la tradición familiar acompañaron al negocio en su nueva dirección, donde comenzó a escribir otro capítulo. Cambió el barrio, pero la intención de mantener viva una cocina con más de cien años de historia permaneció intacta.

Hay algo profundamente mexicano en esa capacidad de volver a empezar sin renunciar a lo que uno es. Como sucede con tantas fondas, cantinas y negocios familiares de la capital, el valor de El Taquito no está únicamente en sus años de existencia, sino en la voluntad de quienes han decidido mantenerlo abierto para las siguientes generaciones.

Cuatro generaciones alrededor de la misma mesa

La continuidad de El Taquito es también una historia de familia. Cuatro generaciones han participado en la conservación de este legado, recogiendo la estafeta de Marcos Guillén y Conchita Rioja para mantener vivo un proyecto que nació de una necesidad cotidiana y terminó convirtiéndose en parte del patrimonio gastronómico de la ciudad.

Cada generación ha tenido que encontrar su propia manera de sostener el negocio, entre cambios de hábitos, nuevas formas de consumo y una capital que nunca deja de transformarse. Preservar un restaurante durante más de un siglo exige algo más que repetir recetas: implica cuidar una identidad, adaptarse sin perder el carácter y entender que la tradición también necesita futuro.

Quizá ahí se encuentre el verdadero secreto de El Taquito. Las visitas de Marilyn Monroe y Cantinflas son anécdotas extraordinarias, dignas de una película, pero el protagonista permanente de esta historia ha sido el trabajo de una familia que convirtió los antojitos de un puesto callejero en una institución chilanga.

Porque las grandes leyendas de la gastronomía no siempre nacen en cocinas monumentales ni de la mano de chefs con estrellas. Algunas comienzan frente a un comal, con una receta bien hecha y el deseo de que alguien vuelva mañana. Y, en una ciudad como la nuestra, donde la memoria también se sirve en tortillas calientes, eso basta para hacer historia.